Oviedo
Municipio
El municipio de Oviedo recoge la capitalidad de la región asturiana y la capital del concejo del mismo nombre.
El topónimo 'Oviedo'
Juan Uría Ríu considera que Ovetao era el nombre que se le daba al enclave de la ciudad entre los siglos VIII y X y a la propia villa, que sería conocida posteriormente como Ovetum, muy posiblemente una forma latinizada del primitivo nombre impuesto por el clero culto de la corte de Fruela o Alfonso II, el Casto. Ramón Menéndez-Pidal considera que la raíz del primitivo Ovetao es celta y posiblemente la misma que está detrás del Obétago de Soria, pero es preciso subrayar que no hay acuerdo entre los estudiosos acerca del origen del nombre de Oviedo, barajándose distintas hipótesis, recogidas por ejemplo por José Tolivar Faes en su libro Nombres y Cosas de las Calles de Oviedo, que a continuación resumimos.
En primer lugar se ha especulado con la posibilidad de que el topónimo proviniese de las voces Ove (EO) y Deva, correspondientes a los ríos que delimitan la provincia por occidente y oriente. Esta hipótesis se ve favorecida por pasajes de textos conservados en el archivo de la Catedral, datados en el siglo XI, donde, sin aludir directamente a Oviedo, a la que en aquellas fechas se denominaba Oveto, puede leerse Asturias inter duo flumina Oue et Deva a Pirinei montes usque in ora maris (Catedral, doc. 15 de julio 1058.
Por su parte, Sánchez Calvo, en su trabajo El Eúskaro y sus vestigios en Asturias, apunta que Oviedo podría equivaler al vocablo vascuence Oveta que significa altibajo. También García Berlanga busca la génesis del nombre de la ciudad en el vascuence, identificándolo con obieta, palabra formada la raíz (cañada) y eta como sufijo que indica pluralidad y que equivale a los españoles edo y eda: Oviedo significaría entonces sitio de cañadas. Esta palabra vasca podría estar asimismo en la génesis de los topónimos Ovies.
Otros autores entienden que el topónimo Oviedo proviene de Jovetanum, en alusión a un templo romano dedicado a Júpiter que podría haberse alzado sobre en el emplazamiento originario de la ciudad.
Asimismo, Tolivar Faes recuerda que Plinio habla de un plomo negro al que denomina ovetanum o jovetanum, siendo posible que tal denominación hiciese referencia que provenía del lugar conocido como Ovetum, circa Lucus Asturum. A este respecto, el Padre Juan Hardouin, en el siglo XVIII, y José Fernández Buelta, en la segunda mitad del siglo XX, consideran que Plinio escribió ovetanum y no jovetanum, lo que para Fernández Buelta probaría la existencia de alguna fortaleza o población, posiblemente romana, en el lugar donde años después se ubicaría el Monasterio de San Vicente, primitivo embrión de la ciudad. Parece seguro en cualquier caso que el topónimo Oveto ya existía en la época romana, al margen de que Plinio se refiriese efectivamente a él o no.
Historia
Fundación de Oviedo
Se ha considerado tradicionalmente que los primeros pobladores de Oviedo fueron el presbítero Máximo y el abad Fromestano, monjes benedictinos con relación de parentesco tío-sobrino, que fundaron en un erial el monasterio de San Vicente hacia el año 761, considerado como núcleo original de Oviedo. Este relato se haya contenido en un documento fechado el 25 de noviembre del año 781, según el cuál veinte años antes de la firma del documento, el presbítero Montano y otra veintena de monjes se sometían al mandato de Fromestano.
Unos años después Fruela I decidiría realizar ciertas construcciones que le permitiesen tener en Oviedo un refugio y puesto de defensa alternativo a Cangas de Onís, que reuniese condiciones favorables para la defensa del reino. Oviedo ofrecía estas cualidades por hallarse enclavado entre dos vías de comunicación existentes desde la época romana. Por un lado el camino costero (de oriente a occidente) y por otro el camino de León hacia la costa, que atravesaba la región central. Unido a la protección natural de Oviedo, al estar situado entre los ríos Nora y Nalón, lo convirtieron en el lugar idóneo desde la perspectiva del rey. Así se produjo el primer traslado de corte, de Cangas de Onís a Oviedo, donde supuestamente nació el hijo de Fruela, Alfonso.
No obstante, Oviedo perdería rapidamente esta capitalidad al ser asesinado Fruela en Cangas. Los siguientes monarcas (Aurelio, Silo, Mauregato y Bermudo I) evitarían instalarse en Oviedo y sólo Alfonso II recuperaría la capitalidad para Oviedo, siguiendo los pasos trazados por su padre.
Alfonso II, el Casto reconstruyó la iglesia del Salvador y los edificios que había erigido su padre Fruela y fundó en la capital un obispado. En los primeros años de su reinado hubo de resistir a las fuerzas islámicas enviadas por el emir Hixem I; estas acometidas, dirigidas por los hermanos Mugait, que llegaron a penetrar en la ciudad, fueron objeto de estudio por parte de Claudio Sánchez Albornoz y Juan Uría Ríu. Cuando el peligro islámico decreció, en gran parte por las tensiones internas del emirato andalusí, pudo el rey consolidar Oviedo como capital y empezar a construir la identidad del reino astur como heredero del poder visigótico, reorganizándolo jurídica y administrativamente y adoptando el Liber Iudiciorum. No se conoce con exactitud el esquema administrativo del reinado de Alfonso, pero sí se sabe que atrajo a Oviedo arquitectos, constructores, orfebres, durante su reinado se forjó la Cruz de los Ángeles que donó a la iglesia de San Salvador, y clérigos cultos que redactaban el latín, en la idea de convertir la ciudad en un remedo de la Toledo visigótica, entonces en poder musulmán. De los edificios de esta época sólo han llegado hasta nosotros la iglesia de San Julián de los Prados, Santullanu, que posiblemente fuese parte de un complejo palaciego similar al levantado por Ramiro I en las laderas del Naranco, ubicada entonces fuera de las murallas de la ciudad, y la parte del ábside de la iglesia de San Tirso. La labor constructora del monarca dotó de dependencias palaciegas a la ciudad, situadas al sur de la basílica de San Salvador, y de un recinto amurallado en cuyo interior se alzaban la iglesia de San Salvador, la Cámara Santa, el palacio, la iglesia de San Tirso, la iglesia de Santa María y el convento de San Vicente; Cimadevilla y la iglesia de San Isidoro quedaban inicialmente fuera de la muralla, aunque fueron prontamente unidas al núcleo inicial de la villas por nuevas calles o por prolongaciones de las existentes. También hizo erigir el rey Casto una fortaleza a orillas del Nalón, en Priorio, para proteger el acceso a Oviedo.
La importancia que adquirirá Oviedo durante el reinado de Alfonso II queda patente en las relaciones internacionales que la corte ovetense mantuvo con Aquisgrán, capital de Imperio Caralingio.
Durante el reinado de Ramiro I, entre los años 842 y 850, fue erigido el palacio del Naranco, convertido posteriormente en el templo de Santa María del Naranco, consagrada en 848, y la iglesia de San Miguel de Lillo. Es posible que en aquella época se conservasen en las inmediaciones los restos de alguna villa romana. Por su parte la Iglesia, merced a las constantes donaciones de los monarcas y de particulares, consistentes incluso en villas, monasterios y comarcas enteras junto con sus vasallos, además de bienes muebles, va convirtiéndose paulatinamente en auténtico árbitro de la vida económica del reino. Este poder era capitalizado por el episcopado, y no se vio mermado en la propia Oviedo hasta la creación del municipio en el siglo XII; la Iglesia tuvo que compartir desde entonces el gobierno efectivo de la capital, si bien conservó gran parte de su autoridad, casi incólume en el resto de la región, y gozó de un fuero especial al que quedaban acogidos también los seglares que dependían de ella.
La época de mayor auge de Oviedo como capital y corte corresponde al reinado de Alfonso III, el Magno, entre 866 y 910, al que Juan Uría Ríu se refiere como “el segundo fundador de Oviedo”. Bajo su reinado la ciudad se amplía enormemente y se embellece con numerosas construcciones monumentales que apenas han llegado hasta nuestros días. Construye por ejemplo un castillo o fortaleza en el noroeste de la ciudad, terminado hacia el año 873, en el lugar que hoy ocupa el edificio de Telefónica en la plaza Porlier. En los aledaños de la fortificación, que en la actualidad corresponden a las calles del Águila y San Juan, se alzaron unas dependencias palaciegas que fueron donadas a la Iglesia por Alfonso VI en 1096, siendo reconvertidas en hospital para peregrinos y pobres. Otra de las obras más destacadas de este reinado fue el monumento sobre la Foncalada, derivado del medieval Fonte incallata, que aún hoy se conserva. En esa época la corte del Reino de Oviedo se caracteriza por una intensa actividad literaria que cristaliza en las crónicas Albeldense, Profética y de Alfonso III, registrada en su doble versión, la Culta, Ovetense o Sebastianense y la Rotense.
Siglo X
Alfonso III se vio obligado a abdicar un año antes de su muerte por la rebelión de sus hijos, que fragmentaron el extenso territorio del Reino de Oviedo quedando Fruela II como rey de Asturias, dignidad desde la que confirmó la donaciones de su padre a la Iglesia de Oviedo y las incrementó, García como rey de León y Ordoño como rey de Galicia. Estos tres monarcas se irán sucediendo unos a otros en el solio leonés, que se irá convirtiendo en el eje de la Reconquista, en el que acabarán por reunificarse los territorios bajo el reinado de Fruela, ya desaparecidos sus hermanos, erigiéndose León en nueva capital y referencia en el avance de la Reconquista hasta que sea preterida por Castilla, en detrimento de Oviedo. Oviedo pasa así a ocupar un papel secundario, aislada de los centros neurálgicos del nuevo reino, al haberse trasladado no sólo la familia real sino también los consejeros que formaban parte del aula regia, los jefes militares, los sirvientes de la familia real y de los consejeros, dignatarios, nobles y un buen número de clérigos. La antigua capital pierde su importancia política y militar, aunque sigue conservando durante bastante tiempo el título de ciudad real y reciba habitualmente la visita de los monarcas que continúan haciendo cuantiosas donaciones a su Iglesia. La ciudad se convierte en una ciudad episcopal con una gran influencia sobre los territorios de su diócesis, pero con una economía que gravita en torno a la administración de sus tres grandes entidades eclesiásticas: la iglesia de San Salvador, beneficiaria de prerrogativas en el gobierno de la ciudad, el Monasterio de San Vicente y el Monasterio de San Pelayo, que experimentan en aquellas fechas un notable enriquecimiento.
Tras el traslado de la Corte a León la autoridad era ejercida por un conde en calidad de delegado de los monarcas. Pero en ocasiones la autoridad más destacada era de facto el obispo, situación análoga a la de la legalidad visigótica por la que el prelado podía elegir al “defensor civitatis”, aunque no parece que se derivase de aquella sino de las circunstancias políticas de este periodo. Por otro lado no existía en este momento municipio, pues la mayoría de los habitantes de la ciudad era dependientes de la Iglesia y del Rey y posiblemente de algunos nobles. Será el incremento de la población libre, pequeños propietarios y artesanos instalados en el casco urbano, lo que determinará ulteriormente el surgimiento de una asamblea general de vecinos, inspirada en el conventus publicus vicinorum del reino Visigodo, para tomar resoluciones relativas al mantenimiento de caminos, fuentes... y a la gestión de pastos o cultivos, sin intromisión del conde.
Es muy posible que en este momento ya existieran en las cercanías de Oviedo numerosos poblados integrados por siervos y colonos de propietarios libres. Está documentada a través de la diplomática medieval asturiana la existencia de alrededor de cincuenta asentamientos a menos de seis kilómetros de la ciudad, anteriores al siglo XII Sin perder de vista las dudas sobre la completa fiabilidad de estos documentos, los estudiosos consideran probado que la densidad de población en la inmediaciones de Oviedo en esta época fue relativamente alta, coligiéndose de ello la existencia de una notable actividad comercial.
Siglo XI
Se disponen de pocas referencias documentales de la ciudad de Oviedo en este siglo, destacando entre las que se conservan la que da cuenta de las donaciones que la reina Velasquita, residente en Oviedo tras haber sido repudiada por Vermudo II, hizo a la Iglesia en 1006: el Monasterio de Santa Cruz, en los aledaños de la Catedral, la iglesia de San Martín de Salas, el Monasterio de San Salvador de Deva y la región de Trasona. También Fernando I de Castilla, cuyo reinado transcurre entre los años 1035 y 1065, realizó importantes donaciones a la Iglesia local, confirmando las otorgadas por sus antecesores y visitando oficialmente la ciudad en el año 1053, para asistir al traslado de las reliquias de San Pelayo. Alfonso VI, sucesor del anterior y rey entre desde 1030 y 1109, también visitó Oviedo en 1075, acompañado de su hermana doña Urraca, la infanta Elvira y un amplio séquito del que formaba parte el Cid, para presenciar la Apertura del Arca Santa que mandó forrar con plata. Esta visita estaba relacionada con el ya importante flujo peregrinatorio a Santiago, como quedará patente cuando el rey otorgue a la Iglesia nuevas prerrogativas, entre las que figuraban la cesión de Langreo (que ocasionó el célebre pleito entre el rey y los infanzones en que intervino el Cid como paladín de Alfonso VI), y el palacio de Alfonso III para convertirlo en un hospital de peregrinos que, en alusión a los peregrinos ultrapirenaicos, fue calificado al cabo de unos pocos años como paltio frantisco.
Oviedo se convierte en un centro de referencia en la ruta jacobea merced a la fama de sus reliquias: un trozo de la cruz de la pasión, el Santo Sudario y un vestido de la Virgen, entre otros. Asociadas al camino de Santiago florecerán toda una serie de actividades económicas que determinarán, como ha señalado Juan Ignacio Ruiz de la Peña, la transformación de la civitas episcopal en una ciudad mercado. No debe perderse de vista, como ha subrayado García Larragueta, que la Iglesia de Oviedo, heredera de la sede episcopal y fuertemente privilegiada por los monarcas, constituye un elemento señorial que entrará en conflicto con las tendencias de las clases sociales urbanas. El relieve que Alfonso VI dio al Arca Santa y las cuantiosas donaciones que este monarca hizo a la Iglesia de San Salvador, así como la presencia documentada de una colonia de francos en la ciudad, constituyen para Juan Uría Ríu una evidencia de la proyección internacional que comenzaba a tener la peregrinación a Oviedo, asociada a la de Santiago (Es famoso el dicho “Quien va a Santiago y no va a San Salvador visita al siervo y deja al señor”, en alusión a que la Catedral de Oviedo está directamente consagrada al Salvador), que si bien ya estaba documentada anteriormente, el propio Uría recuerda la hallazgo de un códice en Valenciennes datado en el siglo XI, en el que se enumeran las reliquias de Oviedo, sólo empieza a ser continuada a partir de este momento.
Bajo el reinado de Alfonso VI recibió también la ciudad de Oviedo sus primeros fueros, cuyo texto se ha extraviado, que debieron constituir otro importante implemento para su economía.
Siglo XII
La situación en Asturias a comienzos de este siglo estuvo marcada por los disturbios derivados del pleito sucesorio y las constantes diputas entre la reina doña Urraca y su segundo esposo Alfonso I de Aragón. La reina recibió un cuantioso préstamo de la Iglesia de San Salvador que compensó, a instancias al parecer del obispo don Pelayo, con una donación por lo que las posesiones reales de la ciudad pasaron a la Iglesia, convirtiéndose Oviedo en un señorío eclesiástico. Otro factor relevantísimo para el desarrollo sociopolítico de Oviedo fue la concesión de un nuevo fuero, de tipo sahaguntino, por parte de Alfonso VII, el Emperador, que venía a confirmar y ampliar el concedido por Alfonso VI años antes, cuyo texto se conserva en el Archivo Municipal en un traslado de 1295. Este ordenamiento jurídico responde a la existencia de nutrido colectivo de artesanos y burgueses, agentes dinamizadores de la economía urbana que propiciaron una intensificación de las transacciones comerciales. Este siglo y el anterior determinan las bases sociales de la población ovetense, integrada por un núcleo principal de asturianos provenientes del entorno rural de la ciudad y en menor medida de otras comarcas de la región, al que se sumarán inmigrantes de otras regiones del reino llegados en su mayoría de León, así como extranjeros, principalmente francos (cuyo número debía de ser notable puesto que el fuero dispone que haya un merino franco además del merino castellano), y un colectivo judío, no muy numeroso pero relevante por el papel que juega en la economía de la ciudad. Tal composición social, con una elevada actividad comercial, casaba mal con el dominio señorial eclesiástico y exigía la creación de un concejo, aspiración que fue satisfecha por la corona que convertía de esta forma a los municipios en aliados naturales frente a las tendencias disgregadoras del clero y la nobleza.
Las disposiciones del Fuero abarcaban tanto el plano organizativo como el del Derecho Civil y el del Derecho Penal.
En el plano político organizativo el Fuero disponía: que el cargo de merino recayese siempre en un vecino de la ciudad, no siendo obligatorio y teniendo únicamente el rey la potestad de deponerlo; que los habitantes de la ciudad fuesen sólo vasallos del Rey, siendo libre todo siervo del fisco real que se acoja al Fuero; la inviolabilidad del domicilio; la exención de la fonsadura excepto cuando estando movilizados todos los hombres de armas de los demás concejos, el Rey estuviese cercado o requiriese auxilio en combate; la igualdad ante la ley de magnates y vecinos llanos; la exención del servicio personal al que obligaba la posesión de tierras.
En lo tocante al Derecho Civil establecía: que los propietarios de tierras fuesen libres de venderlas aun cuando abandonen la ciudad y que pudiesen testar siempre y cuando no privasen por completo de herencia a sus hijos.
Y en el plano penal la multa y la compostura se convertían en la base de la amonestación, castigándose el falso testimonio y el allanamiento de morada y considerándose eximente del cargo por agresión el haber sido injuriado por el agredido con los calificativos de cornudo, sodomita, traidor o similares. Se prohibía el procedimiento del embargo cuando el demandado prestaba fianza, se establecía la obligatoriedad de prestar declaración y se instituían la prueba caldaria y la prueba del duelo.
Asimismo el Fuero establecía una serie de disposiciones generales tales como permitir el comercio libre de sidra y pan, multar a los comerciantes que empleaban medidas falsas y a cuantos arrojasen basuras. Se establecían también exenciones como derecho de pasto en todos los lugares del municipio, derecho a cortar leña en todos los montes y una franquicia que eximía a los vecinos de pagar portazgo o ribaje desde el mar hasta León.
Los beneficios del Fuero se hicieron extensivos durante el reinado de Alfonso IX a Sograndio, Godos, Santa Marina de Piedramuelle, San Cloyo, Feleches, Maja, Villamar, Loriana, Brañes... entre otros asentamientos, anexionados todos ellos al concejo. La concesión del Fuero creó un régimen ciudadano, el Concejo, contrapuesto al régimen señorial de la Iglesia; la dialéctica constante entre estos dos núcleos de poder determinará la vida de la ciudad en los siglos posteriores.
Durante el reinado de Alfonso VII, coincidiendo con el final de la prelatura del Obispo don Pelayo, se producen las primeras revueltas del conde Gonzalo Peláez quien tendrá en el Castillo de Tudela y en el Castillo de Gozón, ocupado por el Rey en su campaña contra el Conde, dos de sus principales plazas fuertes.
Siglo XIII
Alfonso IX, rey de León ente 1217 y 1230, visitó varias veces la ciudad durante su reinado y confirmó, como también harán los sucesivos monarcas hasta Felipe IV en el siglo XVII, las anteriores donaciones reales. Además, bajo este rey se consumaría la transformación de Oviedo en una ciudad mercado, regularizándose por primera vez un mercado semanal, reforzándose el régimen de autonomía de la villa. Es en este momento cuando comienza a configurarse el territorio del concejo de Oviedo tal como lo conocemos hoy, hasta entonces se reducía a la ciudad y sus arrabales, al otorgar Alfonso IX, por una disposición del año 1221, la conocida como tierra de Nora a Nora, que hoy comprende buena parte de la zona rural ovetense, como alfoz de Oviedo. Por su parte Alfonso X, quien reinó desde 1252 hasta 1284, prohibió a los merinos realizar pesquisas sin orden real y concedió a la ciudad exenciones de portazgos, barcajes y gabelas y el privilegio de no pagar fonsadera; además, cedió al municipio por diez años el importe del impuesto conocido como les cuchares, con el que se recaudaba dinero para la reparar las murallas. Este monarca favoreció al Concejo en sus constantes conflictos con la Iglesia, disponiendo que la ciudad pudiese nombrar dos jueces y dos alcaldes cada año mientras que la Iglesia y el Cabildo sólo podían nombrar un juez y un alcalde, estándoles prohibido entrometerse en los nombramientos del Concejo. A mediados de siglo, entre 1245 y 1262, los juristas y los notables de Oviedo elaboraron unas Ordenanzas, aprobadas posteriormente por el Concejo, por las que se regulaban la elección de jueces y alcaldes, el precio de los comestibles, se reglamentaba la actividad prestamística de los judíos y la circulación de la moneda, así como la labor de la policía. Estas Ordenanzas, junto con las 1274, constituyen una de las principales fuentes para la historia de Oviedo durante el siglo XIII.
La morfología urbana sufre asimismo notables cambios que comienzan a prefigurar el Oviedo que hoy conocemos. Basándose en la amplia base documental que se conserva de este siglo, García Larragueta y otros estudiosos han podido reconstruir el aspecto que debió tener la ciudad. Con Alfonso IX se inician una serie de obras de amurallamiento que serán constantemente obstaculizadas por el Cabildo, no pudiendo concluirse hasta el reinado siguiente, de las que se conserva algún liezo. El contorno de la muralla delimita un núcleo ciudadano que sin excesivas modificaciones subsiste hasta fechas muy recientes; es lo que se denomina Oviedo redondo, articulado en tres sectores que se organizan respectivamente en torno al Santuario de San Salvador, sobre el que comenzará a edificarse la catedral gótica, el barrio de Socastiello, adyacente a la antigua fortaleza, reconvertida en hospital, de Alfonso III, en el que se agrupa la minoría judía, y la zona comercial de la ciudad que ocupaba principalmente las calles de Cimadevilla y la Rúa, donde se emplazaban en mercado diario y el azogue. Fuera de la muralla quedaban los arrabales y varios monasterios fundados por las órdenes mendicantes a lo largo del siglo: el monasterio de los franciscanos y el de las clarisas, situados en el arrabal de El Estanco. Los edificios religiosos más importantes de la época eran la iglesia de San Salvador, en trance de conversión en catedral, la iglesia de San Tirso y el Monasterio de San Vicente. El castillo real y el alcázar ocupaban el solar en el que actualmente se encuentra la Telefónica, mientras que donde hoy está la Casa Consistorial se alzaba en aquellos años la Torre de Cimadevilla. El antiguo mercado, auténtico centro neurálgico de la ciudad, se encontraba rodeado de viviendas y es mencionado profusamente en los documentos. Los barrios más antiguos eran el de San Pelayo, al lado del monasterio, y el barrio del Carpio, al pie de la iglesia de San Isidoro; esta iglesia de San Isidoro, situada en la calle del mismo nombre, fue demolida, no debe por tanto confundirse con la actual iglesia de San Isidoro, que perteneció a la Compañía de Jesús. Aparecen citados también los barrios de San Isidoro, San Tirso y La Viña. Asimismo en los documentos se mencionan alrededor de cuarenta calles, figurando la del Carpio, la más importante junto a la de San Isidoro, en los documentos más antiguos. En la zona sur de la ciudad estaba la puerta de Cimadevilla, donde se cree que se encontraría el cadalso y la picota, una entrada de peregrinos que seguirían por la calle de la Magdalena, atravesando después la Puerta Nueva y cruzando la calle de Cimadevilla para seguir por rúa Francisca, hoy calles de la Rúa, San Juán y de la Platería, hasta llegar a la Catedral. Otras calles importantes de este sector de la ciudad son las de la Ferrería, Brotería, Canóniga y Rúa Mayor. En la parte oriental se situaba la Puerta de la Nozeda, de donde arranca la calle del mismo nombre, otra entrada de peregrinos que proseguirían por la Corrada del Obispo hasta la Catedral. En el sector norte estaban las puertas de Santiago, al final de la calle de San Juan, y de la Gascona, al término de la calle del Águila, entre las que se alzaba el Hospital de San Juan. El castillo real se emplazaba en la zona nororiental de la urbe, lo rodeaba la calle de Socastiello y en sus cercanías se situaba una puerta que era la utilizada habitualmente por los peregrinos para salir de Oviedo.
La diplomática bajomedieval permite inferir que las viviendas del siglo XIII eran de pequeñas dimensiones y fabricadas en su mayoría de piedra y madera; la mayoría de estas casa tendrían en su parte trasera un huerto, aterrazado en aquellos lugares en que el terreno tenía demasiada pendiente. Las casas no habrían estado alineadas, sobresaliendo unas más que otras y poseyendo una pequeña corrala o antojana a la que se accedía por una puerta. Las viviendas principales habrían sido escasas, distinguiéndose por sus dimensiones, por lo cuidado de su fábrica y por sus elementos: torres, bodegas..etc. Se piensa que los hórreos eran numerosos, sobre todo en los arrabales, pero los habría también adyacentes a las viviendas urbanas. La Iglesia poseía la mayor parte del suelo de la ciudad que cedía en arriendo. Se calcula que la población de la ciudad durante este periodo debía estar entre los 4.000 y 5.000 habitantes, cifras en las que se mantendría durante el resto del medievo, siendo un sector importante los francos, llegados como peregrinos, o descendientes de los mismos, que constituían buena parte del artesanado.
Los oficios artesanos se organizan en cofradías, siendo la más importante la de los alfayates o xastres, que fue dotada económicamente por Velasquita Giráldez, pasando a ser conocida con el nombre de esta noble que con el paso de los años derivaría en la Balesquida. Otras cofradías eran la de zapateros, plateros, peleteros, hortelanos, alabarderos... etc. La regulación del trabajo la llevaba a cabo el municipio, no las cofradías, a través de Ordenanzas, siendo la situación social de los trabajadores urbanos y de los siervos rayana en la miseria. Prueba de ello son la epidemias que se suceden en aquellos años: lepra, pelagra; se conservan unas Ordenazas del año 1274 donde se dispone que los leprosos sólo podían entrar en Oviedo una vez al año, durante el día de la Cruz y únicamente hasta el medio día.
La actividad comercial de la ciudad, centrada principalmente en el azogue y en el mercado diario, era muy intensa, particularmente en los años de jubileo por el paso de peregrinos. Los lunes se celebraba además un mercado semanal que aparece ya referido en las Ordenanzas de 1245, trasladado siglos después a los jueves. Además, a principios del siglo siguiente, 1302, Fernando IV concedió a Oviedo derecho de feria, pasando a organizarse una feria anual de quince días de duración, cuyo inicio coincidía con la fiesta de San Lucas. Por otra parte la ciudad sostenía un cierto comercio exterior, a través principalmente del puerto de Avilés, con cuyo Concejo mantendrá constantes enfrentamientos el de Oviedo, que llegaría a ser especialmente intenso con la localidad francesa de la Rochelle.
Siglo XIV
Como en los siglos precedentes este periodo estará marcado por las tensiones sociales, acaso ahora amplificadas, derivadas del conflicto entre los intereses señoriales del obispado, los intereses nobiliarios, los intereses concejiles y la situación miserable de siervos y artesanos. Así por ejemplo, a finales del siglo XIII, en 1287, el Concejo de Oviedo recibe la cesión de Siero en calidad de compensación real de Sancho IV por el ataque del infante Juan y de su hijo Alfonso; este territorio sería entregado posteriormente, 1305, a Rodrigo Álvarez de las Asturias, recibiendo el Concejo las parroquias de Priorio, Puerto y Caces. En 1309 el Concejo concierta un acuerdo intermunicipal con Avilés, Grado y Lena para poner coto a los abusos de la nobleza y principalmente del levantisco Gonzalo Peláez, responsable de numerosas muertes y robos. Apenas cinco años después, los vecinos de Oviedo toman las armas y atacan los cotos episcopales de Olloniego, Morcín y Gorvielles, que servían de refugio a bandidos, y en 1316 Rodrigo Álvarez de las Asturias pone cerco al Castillo de Tudela con el apoyo del Concejo de Oviedo, en poder del obispo de Oviedo Fernando Álvarez, quien sirviéndose de la privilegiada situación de la fortaleza, situada sobre el Pico Castiello entre Agüeria y Santianes, entorpecía el tráfico comercial entre Oviedo y las localidades al sur de la capital al obligar a los viajeros y a los comerciantes a pagar tributo.
La inestabilidad política de la Castilla del siglo XIV se dejaría sentir especialmente en Asturias por ser Enrique de Trastámara, bastardo de Alfonso XI, ahijado y heredero de Rodrigo Álvarez de las Asturias. Al contraer matrimonio Enrique en Sevilla, 1350, sin el consentimiento de su hermanastro Pedro I, hubo de refugiarse en sus señoríos asturianos. El padre Carvallo, basándose en el ''Memorial del abad don Diego'', cuenta que Enrique pensó en apoderarse de Oviedo, gobernada en ese momento por Diego Fernández de Oviedo, quien le ofreció alojarse en las torres de la ciudad con la idea de caer sobre él con su gente y encarcelarlo para entregárselo al Rey. Apercibido Enrique de las intenciones del gobernador, buscó refugio en su casa fuerte de Noreña, marchando después a Gijón, donde esperó a Pedro I para solicitar su perdón. Es posible sin embargo que Enrique protagonizase alguna acción violenta, a tenor de un diploma conservado en el Archivo de la Catedral, datado en 1352, que da cuenta de la donación de un solar ocupado por una casa que habría sido destruida por Enrique. Enrique de Trastámara conseguirá finalmente convertirse en Enrique II al derrotar y dar muerte a su hermanastro en el Castillo de Montiel (Se ponía así fin a una disputa sucesoria que acabó convirtiéndose en un apéndice de la Guerra de los Cien Años al intervenir Inglaterra y Francia en apoyo de Pedro I y de Enrique respectivamente).
Asturias vuelve a convertirse en escenario de conflictos bélicos pocos años después de consumado el cambio dinástico, de la mano de Alfonso Enríquez, conde de Noreña e hijo ilegítimo de Enrique II. Alfonso Enríquez hereda de su padre el señorío de Noreña y otras posesiones Asturianas, desde ellas se sublevará en repetidas ocasiones contra su hermanastro Juan I y contra su sobrino Enrique III. Su última revuelta tendrá lugar en 1394: Alfonso logró controlar Oviedo dejando allí a partidarios suyos mientras él permanecía en el barrio de la Vega, el Doliente manda entonces desde León a varios caballeros asturianos que recuperaron la plaza obligando a Alfonso a buscar refugio en Gijón. El padre Carvallo se ocupa también de este episodio, sirviéndose de nuevo del ''Memorial del abad Don Diego'', y cuenta como los vecinos Oviedo, habiendo acogido a Alfonso, al saber que sus intenciones era rebelarse contra el rey se soliviantan y marchan contra la fortaleza de la Vega en que se encontraba el conde, obligándolo a huir. Precisamente para hacer frente a los atropellos de este conde de Noreña se crea una asamblea formada por representantes de los diversos concejos de Asturias, de la Iglesia y varios próceres, que constituirá el primer precedente de la Junta General de Principado de Asturias.
La fuentes documentales dan cuenta de las numerosas hambrunas que asolan Asturias durante los últimos siglos de la edad Media, a las que hay que añadir una epidemia de peste negra, cuya incidencia sobre las tierras ovetenses se documenta en 1362 a través del testamento de unos vecinos de Casielles, en la parroquia de San Juan del Priorio. Es muy probable que hacia 1349 y hacia 1383 hubiese otros dos brotes de peste en Oviedo.
En los postreros años del siglo XIV dan comienzo las obras de la actual Catedral de Oviedo, la mayor parte de las cuales se realizaron durante el siglo siguiente.
siglo XV
Siglo XVIII
Por aquel entonces la ciudad de Oviedo contaba con unos 1367 vecinos, con un total de 6.700 habitantes. 111 de ellos eran presbíteros no regulares, lo que sumado a los jesuitas de San Matías, los fraile de San Vicente, los de San Francisco y los de Santo Domingo, junto a las monjas de San Pelayo, de La Vega y de Santa Clara, nos da un seis por ciento de la población ovetense. Más de la mitad del vecindario era de ascendencia hidalga o sacerdotes. Apróximadamente cuatro de cada diez vecinos eran pecheros, es decir, estado llano que mantenía los privilegios de las clases superiores con sus impuestos.
Geografía
Concejo
El concejo de Oviedo limita al norte con los concejos de Llanera y Las Regueras; al Sur, con los concejos de Mieres y Ribera de Arriba; por el Este limita con los concejos de Siero y Langreo y finalmente al Oeste con los concejos de Grado y Santo Adriano.
La capital del concejo es el municipio de Oviedo.
Otros núcleos urbanos relevantes son: Colloto, Pando, Tudela Veguín, Olloniego, Trubia, Soto, Latores y La Manjoya.
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