Oviedo
Municipio
El municipio de Oviedo recoge la capitalidad de la región asturiana y la capital del concejo del mismo nombre.
El topónimo 'Oviedo'
Juan Uría Ríu considera que Ovetao era el nombre que se le daba al enclave de la ciudad entre los siglos VIII y X y a la propia villa, que sería conocida posteriormente como Ovetum, muy posiblemente una forma latinizada del primitivo nombre impuesto por el clero culto de la corte de Fruela o Alfonso II, el Casto. Ramón Menéndez-Pidal considera que la raíz del primitivo Ovetao es celta y posiblemente la misma que está detrás del Obétago de Soria, pero es preciso subrayar que no hay acuerdo entre los estudiosos acerca del origen del nombre de Oviedo, barajándose distintas hipótesis, recogidas por ejemplo por José Tolivar Faes en su libro Nombres y Cosas de las Calles de Oviedo, que a continuación resumimos.
En primer lugar se ha especulado con la posibilidad de que el topónimo proviniese de las voces Ove (EO) y Deva, correspondientes a los ríos que delimitan la provincia por occidente y oriente. Esta hipótesis se ve favorecida por pasajes de textos conservados en el archivo de la Catedral, datados en el siglo XI, donde, sin aludir directamente a Oviedo, a la que en aquellas fechas se denominaba Oveto, puede leerse Asturias inter duo flumina Oue et Deva a Pirinei montes usque in ora maris (Catedral, doc. 15 de julio 1058.
Por su parte, Sánchez Calvo, en su trabajo El Eúskaro y sus vestigios en Asturias, apunta que Oviedo podría equivaler al vocablo vascuence Oveta que significa altibajo. También García Berlanga busca la génesis del nombre de la ciudad en el vascuence, identificándolo con obieta, palabra formada la raíz (cañada) y eta como sufijo que indica pluralidad y que equivale a los españoles edo y eda: Oviedo significaría entonces sitio de cañadas. Esta palabra vasca podría estar asimismo en la génesis de los topónimos Ovies.
Otros autores entienden que el topónimo Oviedo proviene de Jovetanum, en alusión a un templo romano dedicado a Júpiter que podría haberse alzado sobre en el emplazamiento originario de la ciudad.
Asimismo, Tolivar Faes recuerda que Plinio habla de un plomo negro al que denomina ovetanum o jovetanum, siendo posible que tal denominación hiciese referencia que provenía del lugar conocido como Ovetum, circa Lucus Asturum. A este respecto, el Padre Juan Hardouin, en el siglo XVIII, y José Fernández Buelta, en la segunda mitad del siglo XX, consideran que Plinio escribió ovetanum y no jovetanum, lo que para Fernández Buelta probaría la existencia de alguna fortaleza o población, posiblemente romana, en el lugar donde años después se ubicaría el Monasterio de San Vicente, primitivo embrión de la ciudad. Parece seguro en cualquier caso que el topónimo Oveto ya existía en la época romana, al margen de que Plinio se refiriese efectivamente a él o no.
Historia
Fundación de Oviedo
Se ha considerado tradicionalmente que los primeros pobladores de Oviedo fueron el presbítero Máximo y el abad Fromestano, monjes benedictinos con relación de parentesco tío-sobrino, que fundaron en un erial el monasterio de San Vicente hacia el año 761, considerado como núcleo original de Oviedo. Este relato se haya contenido en un documento fechado el 25 de noviembre del año 781, según el cuál veinte años antes de la firma del documento, el presbítero Montano y otra veintena de monjes se sometían al mandato de Fromestano.
Unos años después Fruela I decidiría realizar ciertas construcciones que le permitiesen tener en Oviedo un refugio y puesto de defensa alternativo a Cangas de Onís, que reuniese condiciones favorables para la defensa del reino. Oviedo ofrecía estas cualidades por hallarse enclavado entre dos vías de comunicación existentes desde la época romana. Por un lado el camino costero (de oriente a occidente) y por otro el camino de León hacia la costa, que atravesaba la región central. Unido a la protección natural de Oviedo, al estar situado entre los ríos Nora y Nalón, lo convirtieron en el lugar idóneo desde la perspectiva del rey. Así se produjo el primer traslado de corte, de Cangas de Onís a Oviedo, donde supuestamente nació el hijo de Fruela, Alfonso.
No obstante, Oviedo perdería rapidamente esta capitalidad al ser asesinado Fruela en Cangas. Los siguientes monarcas (Aurelio, Silo, Mauregato y Bermudo I) evitarían instalarse en Oviedo y sólo Alfonso II recuperaría la capitalidad para Oviedo, siguiendo los pasos trazados por su padre.
Alfonso II, el Casto reconstruyó la iglesia del Salvador y los edificios que había erigido su padre Fruela y fundó en la capital un obispado. En los primeros años de su reinado hubo de resistir a las fuerzas islámicas enviadas por el emir Hixem I; estas acometidas, dirigidas por los hermanos Mugait, que llegaron a penetrar en la ciudad, fueron objeto de estudio por parte de Claudio Sánchez Albornoz y Juan Uría Ríu. Cuando el peligro islámico decreció, en gran parte por las tensiones internas del emirato andalusí, pudo el rey consolidar Oviedo como capital y empezar a construir la identidad del reino astur como heredero del poder visigótico, reorganizándolo jurídica y administrativamente y adoptando el Liber Iudiciorum. No se conoce con exactitud el esquema administrativo del reinado de Alfonso, pero sí se sabe que atrajo a Oviedo arquitectos, constructores, orfebres, durante su reinado se forjó la Cruz de los Ángeles que donó a la iglesia de San Salvador, y clérigos cultos que redactaban el latín, en la idea de convertir la ciudad en un remedo de la Toledo visigótica, entonces en poder musulmán. De los edificios de esta época sólo han llegado hasta nosotros la iglesia de San Julián de los Prados, Santullanu, que posiblemente fuese parte de un complejo palaciego similar al levantado por Ramiro I en las laderas del Naranco, ubicada entonces fuera de las murallas de la ciudad, y la parte del ábside de la iglesia de San Tirso. La labor constructora del monarca dotó de dependencias palaciegas a la ciudad, situadas al sur de la basílica de San Salvador, y de un recinto amurallado en cuyo interior se alzaban la iglesia de San Salvador, la Cámara Santa, el palacio, la iglesia de San Tirso, la iglesia de Santa María y el convento de San Vicente; Cimadevilla y la iglesia de San Isidoro quedaban inicialmente fuera de la muralla, aunque fueron prontamente unidas al núcleo inicial de la villas por nuevas calles o por prolongaciones de las existentes. También hizo erigir el rey Casto una fortaleza a orillas del Nalón, en Priorio, para proteger el acceso a Oviedo.
La importancia que adquirirá Oviedo durante el reinado de Alfonso II queda patente en las relaciones internacionales que la corte ovetense mantuvo con Aquisgrán, capital de Imperio Caralingio.
Durante el reinado de Ramiro I, entre los años 842 y 850, fue erigido el palacio del Naranco, convertido posteriormente en el templo de Santa María del Naranco, consagrada en 848, y la iglesia de San Miguel de Lillo. Es posible que en aquella época se conservasen en las inmediaciones los restos de alguna villa romana. Por su parte la Iglesia, merced a las constantes donaciones de los monarcas y de particulares, consistentes incluso en villas, monasterios y comarcas enteras junto con sus vasallos, además de bienes muebles, va convirtiéndose paulatinamente en auténtico árbitro de la vida económica del reino. Este poder era capitalizado por el episcopado, y no se vio mermado en la propia Oviedo hasta la creación del municipio en el siglo XII; la Iglesia tuvo que compartir desde entonces el gobierno efectivo de la capital, si bien conservó gran parte de su autoridad, casi incólume en el resto de la región, y gozó de un fuero especial al que quedaban acogidos también los seglares que dependían de ella.
La época de mayor auge de Oviedo como capital y corte corresponde al reinado de Alfonso III, el Magno, entre 866 y 910, al que Juan Uría Ríu se refiere como “el segundo fundador de Oviedo”. Bajo su reinado la ciudad se amplía enormemente y se embellece con numerosas construcciones monumentales que apenas han llegado hasta nuestros días. Construye por ejemplo un castillo o fortaleza en el noroeste de la ciudad, terminado hacia el año 873, en el lugar que hoy ocupa el edificio de Telefónica en la plaza Porlier. En los aledaños de la fortificación, que en la actualidad corresponden a las calles del Águila y San Juan, se alzaron unas dependencias palaciegas que fueron donadas a la Iglesia por Alfonso VI en 1096, siendo reconvertidas en hospital para peregrinos y pobres. Otra de las obras más destacadas de este reinado fue el monumento sobre la Foncalada, derivado del medieval Fonte incallata, que aún hoy se conserva. En esa época la corte del Reino de Oviedo se caracteriza por una intensa actividad literaria que cristaliza en las crónicas Albeldense, Profética y de Alfonso III, registrada en su doble versión, la Culta, Ovetense o Sebastianense y la Rotense.
Siglo X
Alfonso III se vio obligado a abdicar un año antes de su muerte por la rebelión de sus hijos, que fragmentaron el extenso territorio del Reino de Oviedo quedando Fruela II como rey de Asturias, dignidad desde la que confirmó la donaciones de su padre a la Iglesia de Oviedo y las incrementó, García como rey de León y Ordoño como rey de Galicia. Estos tres monarcas se irán sucediendo unos a otros en el solio leonés, que se irá convirtiendo en el eje de la Reconquista, en el que acabarán por reunificarse los territorios bajo el reinado de Fruela, ya desaparecidos sus hermanos, erigiéndose León en nueva capital y referencia en el avance de la Reconquista hasta que sea preterida por Castilla, en detrimento de Oviedo. Oviedo pasa así a ocupar un papel secundario, aislada de los centros neurálgicos del nuevo reino, al haberse trasladado no sólo la familia real sino también los consejeros que formaban parte del aula regia, los jefes militares, los sirvientes de la familia real y de los consejeros, dignatarios, nobles y un buen número de clérigos. La antigua capital pierde su importancia política y militar, aunque sigue conservando durante bastante tiempo el título de ciudad real y reciba habitualmente la visita de los monarcas que continúan haciendo cuantiosas donaciones a su Iglesia. La ciudad se convierte en una ciudad episcopal con una gran influencia sobre los territorios de su diócesis, pero con una economía que gravita en torno a la administración de sus tres grandes entidades eclesiásticas: la iglesia de San Salvador, beneficiaria de prerrogativas en el gobierno de la ciudad, el Monasterio de San Vicente y el Monasterio de San Pelayo, que experimentan en aquellas fechas un notable enriquecimiento.
Tras el traslado de la Corte a León la autoridad era ejercida por un conde en calidad de delegado de los monarcas. Pero en ocasiones la autoridad más destacada era de facto el obispo, situación análoga a la de la legalidad visigótica por la que el prelado podía elegir al “defensor civitatis”, aunque no parece que se derivase de aquella sino de las circunstancias políticas de este periodo. Por otro lado no existía en este momento municipio, pues la mayoría de los habitantes de la ciudad era dependientes de la Iglesia y del Rey y posiblemente de algunos nobles. Será el incremento de la población libre, pequeños propietarios y artesanos instalados en el casco urbano, lo que determinará ulteriormente el surgimiento de una asamblea general de vecinos, inspirada en el conventus publicus vicinorum del reino Visigodo, para tomar resoluciones relativas al mantenimiento de caminos, fuentes... y a la gestión de pastos o cultivos, sin intromisión del conde.
Es muy posible que en este momento ya existieran en las cercanías de Oviedo numerosos poblados integrados por siervos y colonos de propietarios libres. Está documentada a través de la diplomática medieval asturiana la existencia de alrededor de cincuenta asentamientos a menos de seis kilómetros de la ciudad, anteriores al siglo XII Sin perder de vista las dudas sobre la completa fiabilidad de estos documentos, los estudiosos consideran probado que la densidad de población en la inmediaciones de Oviedo en esta época fue relativamente alta, coligiéndose de ello la existencia de una notable actividad comercial.
Siglo XI
Se disponen de pocas referencias documentales de la ciudad de Oviedo en este siglo, destacando entre las que se conservan la que da cuenta de las donaciones que la reina Velasquita, residente en Oviedo tras haber sido repudiada por Vermudo II, hizo a la Iglesia en 1006: el Monasterio de Santa Cruz, en los aledaños de la Catedral, la iglesia de San Martín de Salas, el Monasterio de San Salvador de Deva y la región de Trasona. También Fernando I de Castilla, cuyo reinado transcurre entre los años 1035 y 1065, realizó importantes donaciones a la Iglesia local, confirmando las otorgadas por sus antecesores y visitando oficialmente la ciudad en el año 1053, para asistir al traslado de las reliquias de San Pelayo. Alfonso VI, sucesor del anterior y rey entre desde 1030 y 1109, también visitó Oviedo en 1075, acompañado de su hermana doña Urraca, la infanta Elvira y un amplio séquito del que formaba parte el Cid, para presenciar la Apertura del Arca Santa que mandó forrar con plata. Esta visita estaba relacionada con el ya importante flujo peregrinatorio a Santiago, como quedará patente cuando el rey otorgue a la Iglesia nuevas prerrogativas, entre las que figuraban la cesión de Langreo (que ocasionó el célebre pleito entre el rey y los infanzones en que intervino el Cid como paladín de Alfonso VI), y el palacio de Alfonso III para convertirlo en un hospital de peregrinos que, en alusión a los peregrinos ultrapirenaicos, fue calificado al cabo de unos pocos años como paltio frantisco.
Oviedo se convierte en un centro de referencia en la ruta jacobea merced a la fama de sus reliquias: un trozo de la cruz de la pasión, el Santo Sudario y un vestido de la Virgen, entre otros. Asociadas al camino de Santiago florecerán toda una serie de actividades económicas que determinarán, como ha señalado Juan Ignacio Ruiz de la Peña, la transformación de la civitas episcopal en una ciudad mercado. No debe perderse de vista, como ha subrayado García Larragueta, que la Iglesia de Oviedo, heredera de la sede episcopal y fuertemente privilegiada por los monarcas, constituye un elemento señorial que entrará en conflicto con las tendencias de las clases sociales urbanas. El relieve que Alfonso VI dio al Arca Santa y las cuantiosas donaciones que este monarca hizo a la Iglesia de San Salvador, así como la presencia documentada de una colonia de francos en la ciudad, constituyen para Juan Uría Ríu una evidencia de la proyección internacional que comenzaba a tener la peregrinación a Oviedo, asociada a la de Santiago (Es famoso el dicho “Quien va a Santiago y no va a San Salvador visita al siervo y deja al señor”, en alusión a que la Catedral de Oviedo está directamente consagrada al Salvador), que si bien ya estaba documentada anteriormente, el propio Uría recuerda la hallazgo de un códice en Valenciennes datado en el siglo XI, en el que se enumeran las reliquias de Oviedo, sólo empieza a ser continuada a partir de este momento.
Bajo el reinado de Alfonso VI recibió también la ciudad de Oviedo sus primeros fueros, cuyo texto se ha extraviado, que debieron constituir otro importante implemento para su economía.
Siglo XII
La situación en Asturias a comienzos de este siglo estuvo marcada por los disturbios derivados del pleito sucesorio y las constantes diputas entre la reina doña Urraca y su segundo esposo Alfonso I de Aragón. La reina recibió un cuantioso préstamo de la Iglesia de San Salvador que compensó, a instancias al parecer del obispo don Pelayo, con una donación por lo que las posesiones reales de la ciudad pasaron a la Iglesia, convirtiéndose Oviedo en un señorío eclesiástico. Otro factor relevantísimo para el desarrollo sociopolítico de Oviedo fue la concesión de un nuevo fuero, de tipo sahaguntino, por parte de Alfonso VII, el Emperador, que venía a confirmar y ampliar el concedido por Alfonso VI años antes, cuyo texto se conserva en el Archivo Municipal en un traslado de 1295. Este ordenamiento jurídico responde a la existencia de nutrido colectivo de artesanos y burgueses, agentes dinamizadores de la economía urbana que propiciaron una intensificación de las transacciones comerciales. Este siglo y el anterior determinan las bases sociales de la población ovetense, integrada por un núcleo principal de asturianos provenientes del entorno rural de la ciudad y en menor medida de otras comarcas de la región, al que se sumarán inmigrantes de otras regiones del reino llegados en su mayoría de León, así como extranjeros, principalmente francos (cuyo número debía de ser notable puesto que el fuero dispone que haya un merino franco además del merino castellano), y un colectivo judío, no muy numeroso pero relevante por el papel que juega en la economía de la ciudad. Tal composición social, con una elevada actividad comercial, casaba mal con el dominio señorial eclesiástico y exigía la creación de un concejo, aspiración que fue satisfecha por la corona que convertía de esta forma a los municipios en aliados naturales frente a las tendencias disgregadoras del clero y la nobleza.
Las disposiciones del Fuero abarcaban tanto el plano organizativo como el del Derecho Civil y el del Derecho Penal.
En el plano político organizativo el Fuero disponía: que el cargo de merino recayese siempre en un vecino de la ciudad, no siendo obligatorio y teniendo únicamente el rey la potestad de deponerlo; que los habitantes de la ciudad fuesen sólo vasallos del Rey, siendo libre todo siervo del fisco real que se acoja al Fuero; la inviolabilidad del domicilio; la exención de la fonsadura excepto cuando estando movilizados todos los hombres de armas de los demás concejos, el Rey estuviese cercado o requiriese auxilio en combate; la igualdad ante la ley de magnates y vecinos llanos; la exención del servicio personal al que obligaba la posesión de tierras.
En lo tocante al Derecho Civil establecía: que los propietarios de tierras fuesen libres de venderlas aun cuando abandonen la ciudad y que pudiesen testar siempre y cuando no privasen por completo de herencia a sus hijos.
Y en el plano penal la multa y la compostura se convertían en la base de la amonestación, castigándose el falso testimonio y el allanamiento de morada y considerándose eximente del cargo por agresión el haber sido injuriado por el agredido con los calificativos de cornudo, sodomita, traidor o similares. Se prohibía el procedimiento del embargo cuando el demandado prestaba fianza, se establecía la obligatoriedad de prestar declaración y se instituían la prueba caldaria y la prueba del duelo.
Asimismo el Fuero establecía una serie de disposiciones generales tales como permitir el comercio libre de sidra y pan, multar a los comerciantes que empleaban medidas falsas y a cuantos arrojasen basuras. Se establecían también exenciones como derecho de pasto en todos los lugares del municipio, derecho a cortar leña en todos los montes y una franquicia que eximía a los vecinos de pagar portazgo o ribaje desde el mar hasta León.
Los beneficios del Fuero se hicieron extensivos durante el reinado de Alfonso IX a Sograndio, Godos, Santa Marina de Piedramuelle, San Cloyo, Feleches, Maja, Villamar, Loriana, Brañes... entre otros, anexionados todos ellos al concejo. La concesión del Fuero creó un régimen ciudadano, el Concejo, contrapuesto al régimen señorial de la Iglesia; la dialéctica constante entre estos dos núcleos de poder determinará la vida de la ciudad en los siglos posteriores.
Siglo XVIII
Por aquel entonces la ciudad de Oviedo contaba con unos 1367 vecinos, con un total de 6.700 habitantes. 111 de ellos eran presbíteros no regulares, lo que sumado a los jesuitas de San Matías, los fraile de San Vicente, los de San Francisco y los de Santo Domingo, junto a las monjas de San Pelayo, de La Vega y de Santa Clara, nos da un seis por ciento de la población ovetense. Más de la mitad del vecindario era de ascendencia hidalga o sacerdotes. Apróximadamente cuatro de cada diez vecinos eran pecheros, es decir, estado llano que mantenía los privilegios de las clases superiores con sus impuestos.
Geografía
Concejo
El concejo de Oviedo limita al norte con los concejos de Llanera y Las Regueras; al Sur, con los concejos de Mieres y Ribera de Arriba; por el Este limita con los concejos de Siero y Langreo y finalmente al Oeste con los concejos de Grado y Santo Adriano.
La capital del concejo es el municipio de Oviedo.
Otros núcleos urbanos relevantes son: Colloto, Pando, Tudela Veguín, Olloniego, Trubia, Soto, Latores y La Manjoya.
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