Adopcionismo
Doctrina teológica que afirma que Jesucristo, dada su naturaleza mortal, no pudo ser inicialmente hijo de Dios. Por lo tanto, su carácter de persona divina hubo de ser adoptado posteriormente y perdido con su muerte. Inspirada en la herejía del nestorianismo, que afirmaba algo semejante, la herejía del adopcionismo suponía la negación de la Trinidad cristiana y en consecuencia también la doctrina del apocalipsis o segunda venida de Cristo, garantizada por la Iglesia católica.
Los principales defensores de la doctrina adopcionista fueron los obispos Elipando de Toledo y Félix de Urgel, representantes de la iglesia visigoda que fueron tolerados por los musulmanes a causa de su doctrina herética, en realidad situada a un paso de la que defendían los seguidores de Mahoma.
Debido a la extensión de la herejía adopcionista, tanto el Papa como los Reyes de Oviedo
contagiando algunos obispos. De ellos fue Ascario o Ascárico, a quien Pagi y algunos más suponen metropolitano de Braga. Este se adhirió al parecer del toledano, como se infiere de la carta de Elipando al abad Fidel y la del Papa Adríano I a los obispos españoles. Adosinda, viuda del rey Silo, que había tomado el velo de religiosa, resistió enérgicamente a los errores de Elipando, que quería atraerla a su partido, y dio aviso a Elerio, obispo de Osma, y a Beato, presbítero de Liébana, tenido por santo y docto varón, los cuales reunidos para la profesión de Adosinda, dirigieron a Elipando una carta apologética defendiendo la verdad católica y tratando con dulzura y caridad, de atraer al prelado al buen camino. También combatieron la herética doctrina en dos libros, que según Ambrosio de Morales y algunos otros autores españoles, se conservaban originales en los archivos de Toledo. Viendo el obstinado arzobispo la grande oposición que en España encontraba su doctrina, acudió al emperador Carlomagno, que a la sazón se hallaba en Aquisgrán, pidiendo la reunión de un concilio que condenara a Beato, escribiendo también a los obispos de las Galias. Reunióse en Frankfort un concilio en el año 794, que condenó el nuevo error, y los varones más eminentes de aquella época, Pedro, arzobispo de Milán, Paulino de Aquilea y el célebre Alcuino, refutaron cumplidamente las opiniones de estos heresiarcas. Cita Moreri un concilio reunido en la ciudad de Frinli en el año 797 y otro al año siguiente en Ratisbona, que condenaron a Félix y a Elipando, cuyo juicio fue confirmado por el Papa Adriano y por un concilio de Italia. El Papa León III juntó otro en Roma en el año 799, compuesto de cincuenta y siete obispos, en el cual fue anatematizado Félix si no se convertía, y el rey de los francos le envió al obispo de Lyón, Leidrado, al de Narbona, Nevidrio, y otros obispos y abades, que reunidos en sínodo le condenaron, dejándole la facultad de acudir al rey para que en junta de obispos se examinase su causa. Concurrió Félix a Aquisgrán a fines del [210] año 799, donde a la sazón se hallaba Carlos, y convencido de su error le abjuró libre y espontáneamente, según declaraba en la profesión de fe que envió a su Iglesia de Urgel. Depúsole el concilio y le desterraron a Lyón, donde murió al año siguiente, dudándose de la eficacia de su conversión por haberse hallado una carta suya en que, en forma interrogativa, renovaba su antiguo error. Vivió Elipando ochenta y tres años perseverando en su falsa doctrina, en contra de lo que respecto de su conversión y penitencia sostienen algunos autores. «Doloroso es decirlo, escribe Menéndez Pelayo, pero el rumor de la abjuración de Elipando es sólo una piadosa creencia, acogida de buen grado por escritores a quienes repugnaba que un arzobispo de Toledo hubiese muerto en la herejía. Los falsos cronicones, que con tantas y tan peregrinas circunstancias, que ni recordar he querido por respeto a la dignidad de la Historia, exornaron la narracióu de los errores de Elipando, fingiendo hasta cartas de Ascárico o Ascario, no dejaron de llenar con la mayor intención este vacío y salvar tropiezo tan grave. El falsario e invencionero Román de la Higuera forjó una carta del diácono Entrando, en que se hablaba de la gran persistencia de Elipando. Gabriel Vázquez, que era teólogo y no investigador, aceptó como legítimo ese documento en su libro sobre el adopcionismo.