Fray José Pío Aza Martínez de Vega

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Fray José Pío Aza Martínez de Vega, 1865-1938.

Fray José Pío Aza Martínez de Vega

Nació en Pola de Lena el 12 de julio de 1865, siendo hijo del matrimonio Rodrigo Aza González de Lena y Bernarda Martínez de Vega González de Lena. Desde muy joven siente vocación religiosa e ingresa en el Seminario de Astorga donde solamente estuvo un año, hasta que se dio cuenta que lo suyo no era el sacerdocio diocesano y por eso en 1882 entra en la Orden de Predicadores en el convento que los dominicos tenían en la localidad de Padrón (Galicia), completando su formación dentro de la Orden de Santo Domingo, en Corias (Cangas del Narcea) y en Las Caldas de Besaya (Cantabria), hasta que recibió en Santander la Sagrada Orden de Presbítero en las Témporas de San Mateo del año 1889, de manos del obispo Mons. Vicente Santiago Sánchez de Castro.

Hombre de clara inteligencia y entereza de voluntad, hizo con crédito su carrera de Filosofía y Teología y demás ciencias eclesiásticas, prefiriendo por encima de todo las obras de Santo Tomás. Una vez ordenado, durante algunos años fue destinado por sus superiores al profesorado, desempeñando esta ocupación en la Academia de Santo Tomás de Valladolid, de la que fue regente. En 1906, a petición propia, es destinado a las misiones dominicanas del Perú donde fue fundador de misiones, Vicario Provincial y defensor de los indios como lo demuestra el escrito que dirigió en 1922 al Ministerio de Justicia de Perú porque le costaba trabajo averiguar quiénes eran más salvajes, si los indios o los caucheros. Años más tarde el también dominico José Barrado, O.P. dijo que el misionero José Pío Aza, a quien le cautivó el voto de pobreza que le reportaría ir ligero de equipaje por el camino de la vida religiosa, estuviera en línea lascasiana. De igual modo, el prestigioso dominico norteamericano Fr. Brian J. Pierce, O.P. en un artículo que publicó en el año 2006, comparará al P. Aza a los grandes misioneros de la misma Orden: Fr. Pedro de Córdoba (1482-1521), Fr. Antón de Montesinos (1479-1540), Fr. Bartolomé de las Casas (1484-1566), y el obispo Mons. Ramón Zubieta (1864-1921).

Durante sus años de misionero publicó varios trabajos lingüísticos sobre los indios machiguengas y otras tribus como muy bien recoge el escritor Vargas Llosa en su libro El hablador donde dice que fue el primero en estudiar el idioma de aquellos indios y que leyendo sus trabajos encontró abundantes artículos «sumamente valiosos». También Ramiro de Maeztu en su libro España y Europa al referirse al P. Aza recuerda que «ha escrito la doctrina cristiana en machiguenga». Fruto de todos estos estudios realizados por este dominico y a pesar de los pocos datos que disponía escribió el Vocabulario Español-Machiguenga (1923), primer vocabulario unido al estudio sobre esa lengua. Al año siguiente publicó Estudio sobre la lengua machiguenga del que el propio Aza escribió:

«Dos son los motivos que me fuerzan a publicar el presente trabajo. El primero mi ardiente anhelo de contribuir en algo a la evangelización de los indios que tal idioma hablan. El menor o mayor éxito de la labor del misionero, se puede asegurar, que va vinculado al menor o mayor dominio que adquiera del idioma. El segundo motivo es dar a conocer la lengua machiguenga, lo cual no dejará de ser interesante para la ciencia, particularmente para la filología».

Estas dos primeras obras merecieron que la Municipalidad de Lima le premiase con la Medalla de Oro. Un nuevo trabajo, Apuntes para la Historia del Madre de Dios, lo publicó en 1928, importante documento histórico y una de las primeras narraciones históricas del Departamento de Madre de Dios mejor documentadas y que incluye un interesante mapa del Vicariato Apostólico del Puerto de Maldonado, elaborado por el propio autor en 1926. En 1933 editó Doctrina cristiana Machiguenga y Español del que el obispo Sabas Sarasola hizo el siguiente comentario:

«El P. Aza, con admirable tenacidad, y sobre todo con la gracia de Dios, ha dado cima al empeño de los misioneros escribiendo este libro, no grande en volumen, pero muy valioso por su contenido y por la grande utilidad que de él ha de reportar a sus hermanos misioneros dominicos en el Perú».

Asimismo el P. Aza es autor del Vocabulario Español-Huarayo del que el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima publicó estas palabras:

«El mismo celo apostólico que impulsa a recorrer las selvas ilimitadas, misionando en ellas, es el que ha determinado describir en el lenguaje de sus habitantes nuevas formas sintáxicas. El Rdo. P. Aza, dominico infatigable y esforzado, lingüista prominente, ofrece el vocabulario razonado del Huarayo, diccionario en suma, de este idioma que es hablado en gran extensión de la América del Sur, comprendiendo regiones del Perú y de Bolivia».

Escribió, por último, el Vocabulario Español-Arasairi de quien de nuevo el obispo Sabas Sarasola dice:

«Los arasairis, a pesar de su exiguo número, adquieren especial actualidad en los momentos presentes en que la industria aurífera atrae a miles de hombres a la región por ellos habitada. Su lengua despierta singular interés por las relaciones de semejanza y quizás de identidad con la lengua que hablan los feroces Mashcos. La antorcha mágica para penetrar en las tribus salvajes es hablar su lengua, porque quien la posee, ya no es tenido por enemigo sino como amigo en quien deposita sin reparo sus confidencias».

Por estos trabajos fue muy elogiado y estimado de los mejores filólogos de la Sociedad Internacional de Estudios Americanos de París y por los españoles Ramón Menéndez Pidal y el jesuita Julio Cejador.

En 1908 fundó su primera misión a la orilla del río Manu (un afluente del Madre de Dios) y la puso bajo el patrocinio de San Luís Beltrán, misionero dominico en la Colombia colonial. Más tarde fundaría otra que en esta ocasión bautizó con el nombre de otro misionero dominico, el polaco San Jacinto. La misión la colocó lo más cerca posible de los huarayos, una tribu por el momento inaccesible. Después fundaría la misión de San José de Koribeni, en la confluencia de ese río con el Urubamba. Ello significaría lo que el dominico P. Barrado llamó a los misioneros como el P. Aza: «unos héroes, unos gigantes, unos santos».

Veintiocho años ininterrumpidos de brega apostólica habían quebrado la salud del P. Pío y bien merecía un descanso. La oportunidad se presentó en 1934, con motivo de celebrar los dominicos un Capítulo Provincial en Salamanca y asistir el P. Aza en calidad de delegado de las Misiones. Aprovechó este viaje para someterse en Oviedo a una operación quirúrgica. Su edad avanzada y su delicada salud fueron razones suficientes para que sus familiares y amigos le insistieran a quedarse en España. Para contentar a unos y otros solía decir: «He pasado 28 años en la selva; pues bien, cuando pasen otros 28 años os prometo que regresaré definitivamente a España». El 26 de febrero de 1935 llegaba de nuevo a Perú para seguir evangelizando a aquellos indígenas a los que tanto amaba y ellos a él pues después de su muerte cuando alguno veía a un misionero siempre le llamaba «Padre Pío».

El 7 de octubre de 1938 falleció en la Granja de Misiones, en Quillabamba (Perú), un misionero al que el alto exponente de su personalidad y el índice largo de sus muchos trabajos como evangelizador no caben en el límite de esta historia, pero que sus tres biógrafos: Fr. Wenceslao Fernández, O.P., Rafael Alonso y Carlos Junquera, nos han dejado en las correspondientes biografías que escribieron sobre este dominico, buena prueba de ello; como así otros frailes de la Orden de Santo Domingo, que se han preocupado de resaltar la ingente labor del P. Aza a quien también Perú le ha reconocido su inmenso trabajo al darle su nombre al Instituto de Estudios Tropicales, hoy Centro Cultural "José Pío Aza", y a un colegio en la localidad peruana de Koribeni; algo que no dejó de sorprender al P. Barrado, O.P., cuando en marzo de 1992, en Oviedo, en un ciclo de conferencias organizado por la Delegación Diocesana de Misiones, dijo:

«Sorprende y extraña que este célebre asturiano que recibió tantos premios fuera de su patria; al que elogiaron los sabios, de quien habló Ramiro de Maeztu y a quien recuerda Vargas Llosa en una de sus novelas, no haya merecido todavía, de parte de su patria chica, ni una estatua, ni una calle con su nombre, ni una mera placa de recuerdo».



Padre Pío Aza: “El Misionero que hizo todo lo que pudo por las misiones”.

Por el P. Ángel Pérez Casado, O.P. Peña de Francia

INTRODUCCIÓN

Pocos días antes de su fallecimiento el 7 de Octubre de 1938 en Quillabamba (Perú), al P. Pío, pensando todavía en los múltiples problemas de sus queridos nativos, le salieron del fondo de su alma unas palabras que habían sido como el lema de su vida: “He hecho todo lo que he podido por las misiones; ya no pude hacer más...”. Podemos decir que estas emotivas palabras eran en verdad la síntesis más fidedigna de su vida.

Pero, ¿quién era este venerable misionero que a sus setenta y tres años entregaba su generosa vida al buen Dios rodeado del cariño y admiración de toda la Comunidad Misionera de Quillabamba?

SÍNTESIS BIOGRÁFICA

José Pío Aza nace el 11 de julio de 1865, en la villa asturiana de Pola de Lena, dentro de una familia acomodada, y de profunda vida cristiana. Era el último hijo de los seis que tuvieron Rodrigo Aza y Bernarda Martínez de Vega. Fruto del ambiente religioso familiar fue su vocación dominicana, ingresando en 1883 a los 18 años en el Convento de Padrón (Galicia). Se ordenó sacerdote en Santander en 1890. Valladolid fue su primer destino, donde desarrolló una intensa labor como predicador, director del Rosario Perpetuo y de la Academia de Santo Tomás. Con cuarenta años y en plena actividad apostólica en la ciudad vallisoletana, el P. Pío abre su espíritu a nuevos horizontes apostólicos, incorporándose el año 1906 al nuevo Vicariato Misionero del Perú, recién abierto el año 1902.

En el sur-oriente amazónico peruano se encontró con otro gran hombre y misionero, Monseñor Zubieta, bajo cuya responsabilidad había recaído la puesta en marcha del Vicariato. Monseñor Zubieta, que llevaba cuatro años recorriendo en medio de grandes dificultades la inmensidad de su territorio misionero, debió sentirse muy aliviado cuando llegaron los primeros misioneros que enviaba la Provincia de España, entre los que se encontraba el P. Pío Aza. Se puede decir que el P. Pío fue su lugarteniente, de tal manera que, a la muerte de Monseñor Zubieta quince años después, todos las miradas se fijaron en él como hombre más indicado para sucederle, a lo cual se opuso con todas sus fuerzas por razones de humildad, según nos cuentan los que más convivieron con él.

Prácticamente estructuró y organizó los Puestos Misioneros del Vicariato, sobre todo en la cuenca del Madre de Dios, donde fundó la misión de S. Luis del Manu en 1908, y la de S. Jacinto de Maldonado en 1910, dos años antes de su designación como capital del nuevo Departamento. En la cuenca del otro gran río del Vicariato, el Urubamba, fundó en 1918 la misión de S. José de Koribeni, de la que fue Superior muchos años, hasta que la edad y sus achaques le obligaron a salir en 1934.

Y junto a esta gran tarea de ir abriendo los Puestos Misioneros, hay que colocar los importantísimos estudios que hizo de las lenguas de los nativos de la selva amazónica; bien se puede decir que aquí también el P. Pío fue el pionero que abrió los difíciles y complicados caminos del conocimiento de los distintos idiomas de los selvícolas del sur-oriente peruano, pues no había nada escrito.

El año 1934 asiste al Capítulo Provincial en España y a pesar de que su salud acusaba el cansancio de la intensa actividad en las selvas amazónicas, no se resigna a quedarse en España. Regresa al Perú, falleciendo cuatro años después en Quillabamba.

1.- EXPLORADOR, DEFENSOR DE LOS SELVÍCOLAS, EVANGELIZADOR...

A) En los peligrosos caminos de la selva

Cuando el P. Pío se incorpora el año 1906 a la tarea misionera del Vicariato Misionero de los dominicos en el sur-oriente peruano, sólo había dos Puestos Misioneros: uno en la cuenca del Urubamba, La Misión de Chirumbia, y otro en la cuenca del Madre de Dios, La Misión de Asunción en Ccosñipata, que hubo de ser cerrada prontamente, porque, como reseña el obispo Sarasola, faltaba de todo: “abrigo, alimentos, garantías, obras, orientación... Si allí no perecieron –los misioneros- de hambre, de fiebres y de flechazos de los terribles huachipaeris y mashcos, fue porque Dios los guardaba para ulteriores y más grandes empresas...”

El P. Pío junto con sus cinco compañeros recién llegados de España se encontraron ante ciento treinta mil kilómetros cuadrados de selva virgen, conocida tan solo por los nativos y un buen grupo de aventureros del caucho. Sin dinero, sin el transporte fluvial imprescindible en la selva, y sin apenas gente conocida, el P. Pío pone manos a la obra y empieza a adentrarse por todo el enmarañado mundo selvático del Madre de Dios. No le queda otra que incorporarse a las canoas y lanchas de los aventureros del caucho y de los enigmáticos hijos de la selva.

En los caminos caudalosos de los ríos amazónicos y en las desconocidas y arriesgadas quebradas de la selva se encuentra con gente de toda clase y condición, desde aquel selvícola caníbal de la tribu de los huitotos, que le confiesa con cierto pudor que él no había comido “más que a un chico joven”, hasta auténticos criminales como el dueño de una canoa que divisando dos selvícolas huarayos, detiene la embarcación, se adentra en la selva para ir a la caza humana de los huarayos y traerse sus mujeres como botín.

Desde Maldonado emprendió continuas expediciones, entre las que destacaron dos, que duraron siete meses en cada una de las que pasó por todas las pruebas: Soledad, que en alguna ocasión supuso el absoluto abandono por parte de la gente que le acompañaba durante “tres días en aquellos desiertos”; Hambre que llegó a extremos de dejarle al límite de sus fuerzas: ”A eso de la una de la tarde sentí un desfallecimiento de cabeza, efecto de las mojaduras y de la debilidad. Andaba maquinalmente hasta que llegué a un punto en que me fue imposible dar una paso más...”; Gentes” que no le necesitaban; con la perspectiva de ver caras hoscas y de habérselas con quienes tenían manchadas sus manos en sangre de crimen, en negocios de carne humana...” Y por supuesto, peligros de naufragios, aguaceros tropicales, dormir en el duro suelo, etc. El P. Pío no daba crédito a lo que veían sus ojos en el tráfico comercial de la selva, donde caucho, mujeres, selvícolas, aguardiente y armas se mezclaban anárquica y violentamente, teniendo la vida humana muy bajo precio.

Ciertamente, en medio de este oscuro y peligroso mundo, el P. Pío encontró también a la buena gente anónima que existe en cualquier lugar de la tierra: “Aunque alguno de los peones era de mala índole -deja constatado el P. Pío- la mayoría eran de buen fondo, y me edificaban al verlos a su edad persignarse y rezar conmigo con gran sencillez y humildad”.

Como también constató que, junto al grupo de caucheros o hacendados que no veían con buenos ojos la presencia del misionero como testigo y posible denunciante de sus abusos, otro grupo de hacendados, trabajadores del caucho y selvícolas lo recibían con gran cariño deseando que se quedara con ellos: “...Las gentes de todas aquellas regiones se portaron conmigo en extremo atentos, cariñosos y espléndidos. Me suplicaban encarecidamente que me quedase con ellos, que estableciera allí una misión con su correspondiente Escuela, que ellos se encargaban de la Casa y de las Chacras: que no les dejara abandonados. Le ofrecí ponerlo en conocimiento de nuestro Padre Prefecto Apostólico para que atendiese a las necesidades de aquellas regiones apartadas del Purús, que hacía poco el Gobierno Peruano las había incorporado a la Delegación del Madre de Dios. Jamás habían visto por esos sitios un Padre Misionero”.

B) Las valientes denuncias del P. Pío.

No era extraño que en medio de este complicado mundo de la selva, donde reinaba la ley del más fuerte, la presencia de los misioneros para instruir y proteger a los más débiles fuera mal vista por aquellos que no querían tener testigos de sus desmanes.

Su querida misión del Manu pronto sufrió uno de estos peligrosos hostigamientos por parte de un grupo de caucheros, y el P. Pío, muy preocupado, daba cuenta de este grave problema al P. Zubieta:“Verdaderamente, Padre, que para cortar de raíz las correrías, el tráfico escandaloso que se está realizando con los salvajes, es indispensable recabar del Supremo Gobierno una ley en que ordene que todo indio que se recoja en la montaña se entregue a las Misiones para su educación... De lo contrario, nosotros estamos de más, porque con estas correrías y atropellos que con los salvajes se comenten, no es posible entablar con ellos relaciones amistosas, y mucho menos atraerlos y catequizarlos. De aquí que haya tribus que no quieran tener relaciones con el ‘blanco’, a quien consideran, con justa razón, como a su mayor enemigo, pues éste les ha robado o a sus mujeres, o hijos, o asesinado a sus padres”.

En 1916 tuvo que dar una paso más, enviando a las autoridades de la Provincia del Manu una seria denuncia de la triste realidad de la que él mismo había sido testigo. Entresacamos algunos de los párrafos principales de tan importante documento: “Nos oponemos los misioneros, no a las exploraciones, o sea al reconocimiento de una zona o región, sino a las correrías, que son la fuente y origen del escandaloso comercio de carne humana. Este horrible mercado de seres humanos se presencia aquí en el Madre de Dios. Aquí se ha comprado una mujer por una mula, un muchacho por un poco de sal y unos tarros de pólvora...

Nos oponemos a las correrías, porque son el punto de partida de ese estado de esclavitud a la que son condenados millares de seres humanos. El individuo que fue cogido en correría va pasando de mano en mano, de dueño en dueño, durante su triste vida; siempre arrastrando la cadena del esclavo. Está formándose una raza de esclavos, y nosotros, los misioneros, queremos que esos hombres sean libres y conscientes de su personalidad; queremos los misioneros que el artículo de la Constitución Peruana, en que dice: «No hay esclavos», no sea letra muerta, sino que sea la expresión de una hermosa realidad”. Todavía en la misión de Koribeni tuvo que soportar, el P. Pío, las insidias y amenazas incluso de muerte, de uno de los caucheros de la zona, que, como de costumbre, quería someter a su servicio a un grupo de selvícolas machiguengas que frecuentaban el Puesto Misionero.

C) Evangelizador

El P. Pío había llegado a las selvas peruanas con una fuerte mística evangelizadora para anunciar la buena noticia a aquellos seres humanos escondidos y olvidados en la frondosidad de la amazonía. Todos sus trabajos, expediciones por los ríos amazónicos, estudios de las lenguas nativas, roturación y siembra de campos, improvisado albañil de las casas de la misión..., iban dirigidos a dar un aliento de esperanza y de amor a los hijos de la selva.

Del Diario de una de sus largas expediciones de siete meses entresacamos dos relatos: “Permanecí en Curiyaco hasta el 29 de diciembre, enseñando la doctrina cristiana a muchos individuos de diferentes tribus salvajes, v.g. campas, piros, amahuacas, huitotos, etc., como también a otras personas que, si no eran salvajes, en cuestión de instrucción religiosa estaban al mismo nivel que los salvajes; ignorantes por completo de su alma, de su dignidad, de que existía un Dios creador de todas las cosas; es decir que ignoraban lo más indispensable para salvarse: los nombres dulcísimos de Jesús y María eran, para casi todos, nombres nuevos. Durante mi permanencia aprendieron lo más indispensable para recibir el bautismo. Varias de estas personas recibieron en el mismo día tres sacramentos: el bautismo, confirmación y matrimonio...

...Todas las noches procuraba explicar la doctrina cristiana a los bogas de la canoa. Cuando el tiempo lo permitía, después de hacer los tambos para dormir y arreglar la comida, tirados sobre la arena y contemplando el número incalculable de estrellas, y después de hablarles un poco de astronomía vulgar, del número, de la distancia, de la magnitud de las estrellas y de la armonía y grandiosidad del conjunto, tomaba pie para hablarles de Dios y de sus obras. Pues algunos de los peones no sabían ni jamás habían pensado en el Hacedor de todo. Los había de cuarenta años que no sabían persignarse. Les hacía persignarse conmigo y repetir el Padre Nuestro y el Ave María, y, repitiéndolo todos los días, llegaron a aprenderlo”.

2.- FUNDADOR DE LOS PUESTOS MISIONEROS

A) S. Luis del Manu.

A pesar de los denodados esfuerzos del P. Zubieta para fundar nuevos centros evangelizadores en el interior de la selva, sólo había logrado dos puestos misioneros, como ya indicamos antes. Las grandes dificultades que presentaban las vías de comunicación de la selva amazónica, los obstáculos que ofrecían los mismos selvícolas al vivir diseminados en pequeños grupos que deambulaban de continuo de un lugar para otro, y la escasez de misioneros, hacían del proyecto de la creación de las casas misioneras una empresa de máxima dificultad.

Una vez que el P. Pío hubo reflexionado sobre todos estos grandes inconvenientes, se puso en camino hacia los lugares de la selva donde se extraía el caucho, que era donde podía encontrar una cierta agrupación humana, formada por caucheros y selvícolas en una mezcla abigarrada, confusa y, con frecuencia, violenta. Cerca de uno de estos centros caucheros, junto a la desembocadura del río Manu, situado a la margen izquierda del caudaloso Madre de Dios, fue el lugar elegido para abrir la primera casa-misión en la amplia cuenca del Madre de Dios. Con gran entusiasmo y después de innumerables dificultades de todo tipo, el día cuatro de Octubre de 1908 el P. Pío abrió la misión de S. Luis del Manu, que consistía en una elemental choza, bautizada por él mismo como el “Arca de Noé”, porque debía dar acogida a innumerables enseres, junto con un grupo variopinto de muchachos de diferentes tribus y de hijos de los caucheros. Gracias a la ilimitada paciencia de un buen Hermano de Obediencia llamado fray Pedro Serna, en dos meses empezó a funcionar la escuela, que se consideraba imprescindible en todo Puesto Misionero como instrumento de evangelización.

Después de una serie de fuertes contratiempos, y sobre todo con la caída del negocio del caucho al término de la primera guerra mundial, la Misión de S. Luis del Manu quedó despoblada y aislada, por lo cual en el año 1921 fue cerrada.

B) Misión de S. Jacinto

Una vez hecha la fundación de S. Luis en el Manu, el P. Pío siguió su periplo misionero por los difíciles caminos de la selva con la idea de abrir un Puesto Misionero entre los Huarayos, sin que estuviera en relación con gentes extrañas a la misma selva. Tarea nada fácil por la dificultad de sujetar al selvícola en poblados permanentes y por la consabida escasez de recursos económicos y humanos de los misioneros, por lo que sus proyectos se iban acoplando a las circunstancias más o menos favorables a lo que ellos pretendían.

Tal fue el caso de la Misión de Puerto Maldonado donde había un interesante grupo humano fruto del apogeo cauchero y de la curiosidad científica, que habían invitado al P. Pío a establecerse entre ellos, donándole los terrenos y alguna humilde vivienda. El año 1910 abre, pues, el P. Pío la misión de Puerto Maldonado que con el tiempo llegaría a ser la cabeza visible del Vicariato Apostólico del Madre de Dios y Urubamba.

A pesar de la generosidad de un buen número de buenas gentes, poner en funcionamiento un Puesto Misionero suponía un esfuerzo añadido en la ya sacrificada vida de los misioneros. El P. Pío en compañía del Hermano Bonifacio comenzaron los trabajos de la misión de Puerto Maldonado “sembrando maíz, yuca y arroz” para poder comer ellos y los futuros visitantes selvícolas. Su biógrafo y querido hermano el P. Wenceslao retrata con admiración esta escondida faceta del P. Pío: “Ahí tenemos al P. Pío muy aplicado agricultor. El calor de la región y el que produce el trabajo a todo sol, le empapan la ropa de sudor; dos o tres veces tenía que mudar la camisa al día. Nos daba compasión; pero él llamaba a esta faena «cosa de quita y pon, sin agravio de nadie».

Y para que la dieta fuera variada y enriquecida, de 10 a 3 de la noche echaba el anzuelo en medio del río Madre de Dios hasta que caía uno de los mejores pescados, “el zúngaro”, que con gozo presentaba al día siguiente a los que con él vivían: “«¡Vaya, hijos ya tenemos para media semana!» Un poco de arroz (moreno) y una presita del pescado era todo el almuerzo en aquellas fechas, y por pan, maíz cocido”.

El antiguo predicador del Convento de S. Pablo de Valladolid daba un sentido trascendente a estos “nuevos trabajos”: “¿Qué le parece, hermano, de estos trabajos? –dice el P. Pío al P. Wenceslao-. Dirá Vd. que venimos a las misiones para trabajar como los paisanos de nuestra tierra. ¿Lo creerá impropio de nuestras manos consagradas y de nuestra vocación para el ministerio de las almas? Mire: aunque se pase el resto de nuestra vida en estos empleos juzgados impropios y extraños ( y no lo son), no podemos decir que nos hemos engañado. Dios pone a cada uno en las circunstancias más favorables para su salvación...”.

También tuvo una gran influencia para que un primer grupo de misioneras dominicas se hicieran presentes en el Vicariato a través de un colegio y un pequeño hospital en Puerto Maldonado.

C) Koribeni

En 1913 el P. Pío es nombrado Vicario Provincial y, con tal motivo, deja sus amadas tierras del Madre de Dios después de media docena de años de intenso y agotador trabajo. En Lima repone su salud, y en 1915 encontramos al P. Pío en la misión de Chirumbia, muy querida por todos los misioneros por haber sido el primer Puesto Misionero en la cuenca del Urubamba. Con una vida más tranquila el P. Pío saca los apuntes tomados en sus expediciones por el Madre de Dios y empieza a trabajar en mapas, diccionarios, estudios antropológicos, históricos, etc. En los misioneros de la zona del Urubamba –cuando llegó el P. Pío- había una cuenta pendiente: crear un nuevo Puesto Misionero más adentro de la selva y más cercano a la tribu machiguenga. Durante varios años los Padres Elicerio, Campo y Fray Frutos hicieron intentos por levantar una nueva misión, fallidos por diversas causas: la comunicación por esta zona del río Urubamba añadía un plus de peligrosidad que les costó algún peligroso naufragio, la proverbial escasez de personal, el paludismo, y, por supuesto, la oposición de algunos hacendados y caucheros...

De todas las maneras, la labor realizada desde la misión de Chirumbia y las visitas, que a lo largo del curso del Urubamba hicieron los misioneros, no habían pasado desapercibidas para los selvícolas. Para consuelo de los misioneros, que habían derrochado fuerzas y salud en estas difíciles tareas, un buen día, la misión de Chirumbia recibió la embajada “de cinco machiguengas con el jefe de ellos para pedir al P. Pío que fuese a Koribeni a establecer la Misión”. La razón de fondo de esta inesperada petición de los selvícolas machiguengas era la búsqueda de protección de los misioneros contra la tiranía y verdadera esclavitud de los hacendados y caucheros. Ni que decir tiene que el P. Pío aceptó de inmediato la propuesta de los machiguengas, pero comprometiéndoles a que colaboraran con el misionero en la construcción de las imprescindibles viviendas-choza de la misión y en la roturación de los campos para producir alimentos. El tres de Septiembre de 1918 abre el P. Pío la nueva casa de Misión, bautizada con el nombre de S. José de Koribeni. En ella vivió una de las etapas más felices de su vida misionera llegando a trabar verdadera amistad con las familias machiguengas. En 1921 sale de Koribeni a Lima para dedicar mayor tiempo a las tareas de gobierno del Vicariato, y empezar a publicar sus interesantes y variados escritos sobre las misiones. En 1929, con sesenta y cuatro años, regresa de nuevo a su querida misión de Koribeni, tocándole vivir en 1932 el drama de la epidemia de paludismo que afectó seriamente a la zona, y a los mismos misioneros incluyendo el P. Pío. Gracias a la diligencia con que actuaron los misioneros se salvaron bastantes vidas, pero el P. Pío quedó con secuelas para el resto de su vida. En 1934, después de 28 años de una vida misionera de profunda entrega, regresa a España para asistir al Capítulo Provincial.

3.- EL LINGÜISTA

A) “Verdaderamente él me habla al alma...”

Un seglar amigo, admirador de los misioneros dominicos del Perú, cuenta haber recogido el siguiente comentario del P. Pío, acerca del sentir de los selvícolas cuando le oían hablar en su propia lengua: “Verdaderamente él me habla al alma...”.

Con motivo de su muerte, el Obispo Sarasola, haciendo referencia a esta importante faceta de su vida, escribió lo siguiente: “El P. Pío se dio cuenta que quien mejor posee el idioma de una tribu está en condiciones de ser su mejor apóstol... (por ello) se dio al estudio de las lenguas que se hablan en nuestro Vicariato. Donde quiera que iba, llenaba cuadernos y más cuadernos de palabras y frases de las lenguas que encontraba. Hizo muchísimos apuntes. Y cuando las circunstancias le fueron favorables, como en Chirumbia y en Koribeni, se dedicó con ahínco y tenacidad admirables al estudio de la lengua machiguenga... Rendido a veces de los trabajos del día, empleaba gran parte de la noche en estos estudios con tal constancia y paciencia que era la admiración de propios y extraños. Llegó a dominarla y servirse de ella en la Misión de Koribeni, con éxito sorprendente...”

No obstante, el mismo Sarasola dejó bien claro que “esta afición a las lenguas nativas” no era connatural al P. Pío, sino que surgió como complemento imprescindible de su trabajo evangelizador: “El P. Pío confesaba con frecuencia que al venir a misiones en todo pensaba menos en dedicarse al estudio, de suyo tan árido, de las lenguas, y, más ingrato aun, la de los selvícolas, acerca de las cuales nada se había publicado hasta entonces. La vocación suya a la filología fue efecto de su gran vocación misionera que, bien comprendía, era imposible realizar con fruto sin el conocimiento de las lenguas aborígenes...”

B) Aporte cultural

El mismo P. Pío confiesa que “desde los primeros años de misionero en las regiones del Madre de Dios y Urubamba, tuve especial empeño en tomar notas o apuntes de cuantas lenguas oía de gentes o tribus salvajes, como machiguengas, piras, campas, kunibas, shipibas, amahuacas, arasairis, huarayas, huahipairis, ikapsiris, machinaris y kotíneris. Apuntes que naturalmente se extendían más o menos según el tiempo que mi comunicación duraba con tales individuos...” El fruto de estos continuos esfuerzos fue la publicación del Vocabulario Español-Huarayo;Español-Arasairi; Español-Machiguenga; Estudio sobre la lengua machiguenga; Doctrina cristiana en Machiguenga y español; Lenguas de salvajes y civilizados; La tribu Huaraya y su idioma... Todo este trabajo, como acabamos de ver, estuvo al servicio de la acción evangelizadora, pero la sociedad civil peruana pronto se dio cuenta de la importancia de los estudios del fraile dominico misionero. Por sus estudios lingüísticos y etnográficos sobre las tribus del Vicariato, el P. Pío recibió condecoraciones de la Sociedad Geográfica de Lima –que le nombró socio de la misma- y de la Municipalidad de Lima; también recibió el reconocimiento de la Sociedad de Americanistas de París.

C) Gracias a S. Martín de Porres.

Ciertamente el trabajo, que el P. Pío desarrolló en el estudio y publicación de las lenguas de los nativos amazónicos, ya metido en la década de los cuarenta años de edad, se le puede tildar de grandioso, prodigioso..., y hasta milagroso. Él mismo confesaba con un candor conmovedor: “Todo este trabajo, valga lo que valga, se lo debo al Beato Martín de Porres; a él se lo encomendé desde hace años...” . A su compañero y futuro biógrafo, el P. Wenceslao, le confesaba con cierto humor, que el Santo Negrito “era el culpable de todas aquellas palabrejas machiguengas”.

Aparte de que el P. Pío, con su talante sencillo, quisiera eludir cualquier comentario elogioso pasándoselo a S. Martín de Porres, lo cierto es que todas las personas que conocieron su obra, no dejaron de manifestar una gran admiración. El mismo P. José Álvarez, que siguió la senda abierta por el P. Pío en este particular,“se maravillaba de la facilidad del P. Pío en su captación y estudio de las lenguas nativas en poco tiempo, como el huarayo, que ocuparían fácilmente la vida entera de cualquier hombre”.

CONCLUSIÓN

No quisiéramos terminar nuestra apretada reflexión sobre el P. Pío sin dejar un apunte acerca de la grandeza de espíritu que se dejó traslucir en su vida religiosa y en su actividad misionera.

Hombre profundamente religioso, que nunca soltaba el rosario en las agotadoras giras misioneras, de gran talla intelectual, de carácter abierto y firme a la vez, supo hacer frente con decisión y valentía a situaciones muy difíciles y arriesgadas. Vivió los acontecimientos de su vida con una profunda sencillez y humildad, siendo el brazo derecho de los dos primeros obispos del Vicariato que contaron con el mejor consejero y ejecutor de sus planes.

Amado y venerado por sus compañeros y hermanos de misión de los cuales fue muchos años Vicario Provincial, también fue muy querido por los nativos de las selvas peruanas. Se cuenta de una selvícola machiguenga que ante la ausencia del P. Pío de la misión de Koribeni se dirigía a una estampa del Corazón de Jesús que había en la misión suplicándole: “Tráeme al P. Pío; tráeme al P. Pío”.

La síntesis de su generosidad la supo encubrir en una desapercibida y humilde expresión: “He hecho todo lo que he podido por las misiones; ya no pude hacer más"

Obras

  • Vocabulario español-machiguenga, Lima, 1923.
  • Estudio sobre la lengua machiguenga, Lima, 1924.
  • Vocabulario español-huarayo, Lima, 1928.
  • Apuntes para la historia de la Madre de Dios, Lima, 1928.
  • Doctrina Cristiana en machiguenga y español, Lima, 1933.
  • Obras Completas, Lima, 2009.

Publicados como artículos

  • «Un documento revelador». Misiones Dominicanas I, 1919.
  • «La lengua de los salvajes machiguengas». Misiones Dominicanas III, 1921.
  • «Apuntes para la historia del Madre de Dios». Misiones Dominicanas IV, 1922.
  • «Origen de las tribus salvajes del Amazonas». Misiones Dominicanas V, 1923.
  • «La tribu machiguenga». Misiones Dominicanas V, 1923.
  • «Crítica de la obra del Dr. Farabee». Misiones Dominicanas VI, 1924.
  • «La lengua machiguenga. Su excelencia». Misiones Dominicanas VI. 1924.
  • «Alturas sobre el nivel del mar en el Madre de Dios y Urubamba». Misiones Dominicanas, 1924.
  • «De re philologica. La aglutinación en las lenguas salvajes». Misiones Dominicanas VI, 1924.
  • «Hidrografía del Departamento del Madre de Dios». Misiones Dominicanas, IX, 1927.
  • «Folklore de los salvajes machiguengas». Misiones Dominicanas IX, 1927.
  • «La tribu huaraya». Misiones Dominicanas XII, 1930.
  • «Lengua de civilizados y salvajes». Misiones Dominicanas XII, 1930.
  • «El género gramatical en las lenguas salvajes». Misiones Dominicanas XII, 1930.
  • «El verbo en las lenguas cultas y en las lenguas de los salvajes». Misiones Dominicanas XII, 1931.
  • «La tribu huaraya: su lengua». Misiones Dominicanas XIV, 1932.
  • «La tribu arasairi y su idioma». Misiones Dominicanas XV, 1933.
  • «Para la historia del Madre de Dios». Misiones Dominicanas XVI, 1934.
  • «Vocabulario arasairi o masco». Misiones Dominicanas XVII, 1935.
  • «En aguas del Piedras y del Purús: Siete meses de navegación. (Diario de un misionero)». Misiones Dominicanas 1936 y 1937.

Bibliografía

  • Enciclopedia Espasa, Tomo 6, 1909.
  • Gran Enciclopedia Asturiana, Tomo 2, Silverio Cañada, Gijón, 1981.
  • Alonso Ordieres, Rafael, Fr. José Pío Aza Martínez, O.P.. Lima (Perú), 2000.
  • Arana, Teófilo, In Memoriam. El P. José Pío Aza (1938)
  • Barrado Barquilla, José, Dominicos Asturianos en América. Oviedo, 1993.
  • Fernández Moro, Wenceslao, Cincuentas años en la selva amazónica. Madrid, 1952.
  • Fernández Moro, Wenceslao, Adalid del Evangelio. Madrid, 1953.
  • García de Tuñón, José María, Epistolario de fray José Pío Aza. Oviedo, 2004.
  • Junquera Rubio, Carlos, Fray José Pío Aza, Misionero, Geógrafo.... Pamplona, 2005.
  • Lorenzo González, Guillermo, Fray José Pío Aza, O.P. Estudio sobre la lengua machiguenga, Pamplona, 2005.
  • Pérez Casado, Ángel, En las Fronteras de la Fe. Salamanca, 1995.
  • Soria Heredia, José Manuel, Padre Pío Aza: Apóstol de las selvas de Perú. Burgos, 1985.
  • Suárez Fernández, Constantino, Escritores y artistas asturianos, Aza, José Pío. Madrid, 1936.

Enlaces externos