Batalla de Covadonga

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Celeb茅rrimo y mistificado episodio de la historia de Espa帽a, ocurrido seg煤n se cree en el a帽o 722 d.C. (once a帽os despu茅s de la invasi贸n y conquista de la Pen铆nsula Ib茅rica por los musulmanes y la consiguiente desaparici贸n del reino Visigodo de Toledo) al que la tradici贸n y los ciclos cron铆sticos del siglo IX presentan como inicio de La Reconquista.

Se desarroll贸 en el lugar del mismo nombre, situado en el concejo de Cangas de On铆s (Asturias, Espa帽a) a los pies del monte Auseva, venciendo las fuerzas astures acaudilladas por Pelayo a un contingente agareno dirigido por Alqama. Tras esta victoria Pelayo consigui贸 consolidar una jefatura independiente del poder 谩rabe que en esos momentos controlaba la mayor parte de la Pen铆nsula Ib茅rica, cuya ulterior evoluci贸n dar铆a origen al Reino de Oviedo (ver: De Pelayo a Fruela).

Documentos

Se dispone de muy poco material documental coet谩neo del siglo VIII, conoci茅ndose fundamentalmente la lucha de Pelayo contra los sarracenos a trav茅s de los relatos de las cr贸nicas hispano-cristianas m谩s antiguas, la Cr贸nica Albeldense y la de Alfonso III, el Magno en sus diferentes versiones, Rotense y Sebastianense, datadas en el pen煤ltimo decenio del siglo IX y elaboradas en el ambiente neogoticista de la corte ovetense, de algunos documentos pertenecientes a la diplom谩tica alto-medieval, y a trav茅s de la historiograf铆a musulmana.

Las Cr贸nicas Asturianas, adem谩s de sus adherencias providencialistas en consonancia con los mecanismos de legitimaci贸n ideol贸gica propios del periodo, exageran las cifras de combatientes hasta hacerlas inveros铆miles: se habla de 187.000 soldados musulmanes de los cuales 123.000 resultar铆an muertos; la Albeldense parece bastante m谩s veraz, limit谩ndose a dar cuenta de la aniquilaci贸n de las fuerzas de Alqama. Las contradicciones entre los m谩s antiguos relatos musulmanes y cristianos, las mistificaciones de las cr贸nicas y el hecho de que la fuente m谩s cercana a los sucesos, la Cr贸nica Moz谩rabe o Pacense del a帽o 754, no haga referencia a la resistencia astur motivaron una interpretaci贸n hipercr铆tica que negaba la veracidad de la batalla. Tal interpretaci贸n, que estuvo en boga a finales del siglo XIX y principios del XX teniendo como principales valedores a Julio Somoza y Barrau-Dihigo, no se acepta ya actualmente, entre otras cosas, porque las cr贸nicas musulmanas se hacen en todo caso eco de la rebeld铆a de Pelayo y de la operaci贸n de castigo enviada contra 茅l, aunque s铆 se discute la magnitud de la contienda.

Frente a las exageraciones de los ciclos cristianos Ibn Hayyan e Isa al-Razi hablan de un despreciable n煤mero de combatientes astures que finalmente acaban reducidos a treinta hombres refugiados sin apenas alimento en las angosturas de la monta帽a; sin embargo, a continuaci贸n cuentan que los musulmanes, cuya situaci贸n habr铆a llegado a ser penosa por las condiciones del terreno, se retiraron considerando inofensivos a los supervivientes. En este sentido es interesante referirse a las recientes excavaciones en La Carisa, dirigidas por Yolanda Viniegra, Rogelio Estrada y Jorge Camino, paso monta帽oso situado entre Lena y Aller donde adem谩s de un complejo defensivo astur de sorprendentes dimensiones, coet谩neo de la invasi贸n romana y situado en el pico Hom贸n de Faro (frente a cual se emplaza un importante campamento romano) se han localizado vestigios de una gran muralla datada en el siglo VIII que pudiera corresponder a una fortificaci贸n destinada a detener el avance sarraceno (aunque no se ha descartado que fuera anterior, de las luchas de los astures contra la penetraci贸n visigoda). Junto con una muralla descubierta en el paso de la Mesa, otra v铆a de penetraci贸n en Asturias, tambi茅n del siglo VIII, estos vestigios apuntan a una serie de escaramuzas en la Cordillera Cant谩brica, quiz谩s como preludio de la Batalla de Covadonga, y evidencian la capacidad organizativa y el n煤mero no despreciable de sus art铆fices.

Tras la contundente derrota del ej茅rcito visigodo de Rodrigo (煤ltimo monarca visigodo) en la Batalla de Guadalete en 711 los agarenos afirman su dominio sobre la Pen铆nsula Ib茅rica, labrado en muchos casos merced a pactos con la aristocracia hispanogoda e hispanorromana, hastiada de la inestabilidad pol铆tica que hab铆a caracterizado al Reino Visigodo, a la que se garantiz贸 la permanencia en sus dominios con ciertas condiciones, y en general tras una f谩cil victoria sobre focos de resistencia aislados y de poca entidad.

Las cr贸nicas refieren la hu铆da de un cierto n煤mero de nobles godos de la facci贸n de Rodrigo a tierras del Norte o a los territorios de la actual Francia; concretamente la versi贸n erudita de la Cr贸nica de Alfonso III, la Sebastianense, cita a Pelayo entre 茅stos haci茅ndolo espatario de los reyes Vitiza y Rodrigo.

El origen de Pelayo es de por s铆 objeto de notables controversias: no parece probable que los astures, habi茅ndose revelado contra el poder visig贸tico en tiempos del rey Wamba, aceptasen como caudillo a un noble godo veinte a帽os despu茅s. Por otro lado la conquista musulmana no encontr贸 serias dificultades ni siquiera en las zonas m谩s romanizadas como la B茅tica y la Tarraconense, aceptando buena parte de la nobleza goda el dominio omeya. La cr贸nica Albeldense no incluye la genealog铆a detallada de Pelayo pero s铆 le atribuyen un origen godo present谩ndolo como descendiente de un Dux, Favila; los primeros documentos en recorrer su ascendencia, en los que se lo hace descendiente del rey Chindasvinto, son varios siglos posteriores. El nombre Pelayo no es germ谩nico (en realidad ninguno de los sucesores de Pelayo tomar谩n nombre godo, lo que parece relativizar sus pretensiones de entroncar con la monarqu铆a visig贸tica) sino griego, lo que podr铆a apuntar a un origen hispanorromano; se trataba adem谩s de un nombre muy utilizado entre los habitantes del norte de Hispania. Asimismo la documentaci贸n y las cr贸nicas, tanto cristianas como musulmanas, dan cuenta de estrechos v铆nculos de Pelayo con Asturias, pose铆a importantes dominios en la regi贸n: el testamento de Alfonso III, por ejemplo, refiere que pose铆a tierras en Ti帽ana (Siero), cerca del Lucus Asturum (enclave central en la 茅poca romana); la Cr贸nica Rotense cuenta que tras su hu铆da de C贸rdoba (de la que hablaremos despu茅s) busc贸 refugio en Bres (Pilo帽a) antigua regi贸n de los Luggones, cuya capital era la cercana Beloncio; los cronistas musulmanes Al-Akir o Al-Nuwari citan un lugar conquistado por Muza entre los a帽os 712 y 714 llamado Roca de Pelayo que algunos historiadores identifican con el Cerro Santa Catalina de Gij贸n, lo que pudiera indicar que Pelayo era en realidad un gobernante local.

Seg煤n las cr贸nicas la reorganizaci贸n administrativa del territorio hispano desarrollada por los agarenos hizo corresponder a Munuza el control del territorio asturiano, situ谩ndose su sede en Gij贸n. El gobernador Munuza intent贸 casarse con la hermana de Pelayo, lo cual tiene bastante l贸gica a tenor de la posibilidad de que 茅ste fuera un jefe local, puesto que era habitual el casamiento de 谩rabes con antiguos miembros de la aristocracia para consolidar y legitimar su autoridad pol铆tica (as铆 por ejemplo el rey Silo, perteneciente a una familia de la aristocracia p茅sica, era hijo de una musulmana, sirvi茅ndole tal condici贸n para concertar una paz con el emir de C贸rdoba). Pelayo es entonces enviado a C贸rdoba con el pretexto de una comisi贸n o como reh茅n al no aprobar el enlace, permaneciendo all铆 hasta el verano de 717 en que se habr铆a fugado regresando a Asturias. Ya en esta regi贸n est谩 a punto de ser alcanzado por sus perseguidores musulmanes en un lugar llamado Brece, identificado con el concejo de Pilo帽a, logrando perderlos al cruzar el r铆o Pilo帽a y yendo a refugiarse en los valles interiores del oriente astur. All铆, seg煤n la Rotense, toma contacto con los habitantes de la comarca que se hallaban celebrando un concilium o asamblea popular, circunstancia que aprovecha para alentarlos a la rebeli贸n contra la dominaci贸n sarracena impresion谩ndolos con su arenga hasta tal punto que lo eligen caudillo. Dejando al margen las disquisiciones acerca del origen de Pelayo, es importante subrayar que el relato cron铆stico desconecta la insurrecci贸n de los astures de cualquier mecanismo pol铆tico g贸tico. La versi贸n erudita, la Sebastianense, presenta notables divergencias con respecto a la versi贸n primitiva a la que acabamos de aludir, apareciendo Pelayo como un caudillo elegido por la aristocracia goda refugiada en lo que posiblemente sea un intento retrospectivo de legitimar ideol贸gicamente al Reino de Oviedo haci茅ndolo sucesor de la monarqu铆a visigoda. Los historiadores se inclinan por la hip贸tesis de un origen popular de la insurrecci贸n de los astures, considerando as铆 m谩s fidedigna la primitiva versi贸n de la cr贸nica, coincidente en este punto con la Albeldense y con los relatos de los historiadores musulmanes Isa al-Razi e Ibn-Hayyan que refieren la rebeli贸n sin aludir en ning煤n momento a la presencia de la nobleza visigoda.

Para Claudio S谩nchez-Albornoz el levantamiento de Pelayo se habr铆a iniciado en el a帽o 718, en la 茅poca del val铆 al-Hurr (en ese a帽o se fech贸 durante algunos periodos la propia Batalla de Covadonga). Parece que entre el levantamiento y el famoso choque a los pies del Auseva debi贸 de mediar alg煤n tiempo, se cree que alrededor de cuatro a帽os, y, a la luz de los descubrimientos en La Carisa y La Mesa a los que ya nos hemos referido, algunos combates previos de cierta importancia. Adem谩s las fuerzas musulmanas estaban ocupadas en aquellos a帽os en la consolidaci贸n de su autoridad en la zona de la meseta y en los intentos de penetraci贸n en la Galia. S谩nchez-Albornoz se apoya en la Cr贸nica de Alfonso III para concluir que 718 fue el a帽o en que Pelayo se convierte en caudillo efectivo, aqu铆 se dice que muri贸 en 737 habiendo mandado durante diecinueve a帽os. En 721 es nombrado val铆 de al-Andalus, sucediendo al finado en combate al-Samh, sucesor a su vez de al-Hurr, Anbasa, de origen yemen铆, que permanecer谩 al frente del poder musulm谩n hasta el a帽o 726. Es este val铆 quien decide sofocar la revuelta de los astures someti茅ndolos a la obediencia cordobesa mediante una expedici贸n de castigo que debi贸 organizarse hacia la primavera de 722, comandada por Alqama. Entre los miembros de esta expedici贸n se habr铆a encontrado el obispo Oppas, obispo metropolitano de Sevilla o de Toledo, a quien las cr贸nicas de Alfonso III hacen hijo del rey Vitiza, cuyos partidarios, enemigos de Rodrigo, apoyaron la invasi贸n musulmana e incluso cooperaron con ella.

Nos hemos remitido ya a las fortificaciones descubiertas en La Carisa que apoyan la hip贸tesis de una resistencia organizada y combates de enjundia favorables a los sarracenos previos a la Batalla que nos ocupa; tal hip贸tesis se extrae del An贸nimo Moz谩rabe de 754 en el que se da cuenta de una importante victoria obtenida por Anbasa sobre los rebeldes. Hostigados por las fuerzas de Alqama y mermados sus efectivos, aunque seguramente en absoluto hasta el punto en que refieren los cronistas muslines, Pelayo y sus fieles buscan refugio en el valle de Cangas, una aut茅ntica fortaleza natural lo suficientemente ancha excepto en sus 煤ltimos tramos como para permitir la marcha de un ej茅rcito relativamente numeroso (aunque evidentemente no los exorbitados 180.000 hombres del ciclo alfonsino), atrayendo a sus perseguidores hacia la parte m谩s angosta del mismo: las faldas del monte Auseva, en cuyo lomo se abre la oquedad en que hoy se venera la imagen de la Virgen de Covadonga y en la que Pelayo se hizo fuerte. Las diferentes versiones de la cr贸nica alfonsina y los cronistas musulmanes coinciden al situar aqu铆 el choque final: Ibn Hayyan menciona una sierra en la que habr铆an buscado refugio Pelayo y sus hombres; Isa al-Razi cuenta que los cristianos se guarecieron en las hendiduras de la roca; por su parte las cr贸nicas de Alfonso III menciona una coba dominica 鈥搑efundici贸n de coua Sanctae Mariae- situada en el Aseuua.

Desde la cueva de Covadonga los astures, cuyos efectivos muy posiblemente estuvieran adem谩s desplegados por todas las monta帽as que flanquean el valle, sacaron partido de su conocimiento del terreno convirtiendo la hu铆da en celada al quedar las tropas agarenas encajonadas en el fondo de una garganta. Infligieron una dura derrota a los musulmanes caus谩ndoles abundantes bajas entre las que se cont贸 el propio Alqama. Con la retirada cortada los muslines trataron de huir remontando la falda del Auseva hasta las vegas de Bufarrera y Enol. El ciclo cron铆stico alfonsino ofrece una informaci贸n muy detallada del itinerario seguido en la hu铆da; un itinerario que estudiosos como Barrau-Dihigo consideraron impracticable hasta que S谩nchez-Albornoz, perfecto conocedor de la zona, logr贸 recorrerlo sin mayores problemas con un grupo de alumnos.

Los sarracenos escaparon en direcci贸n Sur llegando al Ost贸n, vadeando el r铆o Cares subiendo a Amuesa (por la collada de Piedra Bellida) y dirigi茅ndose despu茅s hacia Bulnes hasta arribar al valle de Li茅bana; marcharon despu茅s siguiendo el curso del Deva llegando a Cosgaya donde seg煤n las cr贸nicas 鈥攓ue atribuyen el fen贸meno, muy habitual por otra parte en los valles asturianos, a la intervenci贸n de la Virgen鈥 qued贸 sepultada una parte importante por un desprendimiento de tierras que tambi茅n arrastr贸 a otros muchos al r铆o donde se ahogaron.

Tras la victoria de Pelayo en Covadonga el gobernador Munuza, al que se sit煤a en Gij贸n -se ha especulado con la posibilidad de que en realidad su sede estuviera en Le贸n, si bien el hecho de que a帽os despu茅s el rey Silo llevase su corte a Pravia y no a aquella villa, dotada de un importante puerto natural y bien comunicada, da pie a pensar que pudo haber permanecido en poder musulm谩n hasta el siglo IX-, alertado quiz谩s por los supervivientes trata de huir cayendo en una emboscada en un lugar llamado Olal铆es, en el concejo de Proaza, en la que perece. Orillando las hip贸tesis acerca del control agareno sobre Gij贸n, tras la muerte de Munuza los vestigios documentales no recogen presencia musulmana en el territorio asturiano hasta las incursiones de los hermanos Abd al-Karim e Abd al-Malik ibn Mugait, enviados por el emir Hixem I durante los inicios del reinado de Alfonso II, el Casto.

El neogoticismo y Covadonga

La ideolog铆a que impregna las cr贸nicas cristianas presenta la Batalla de Covadonga como el momento en que la nobleza visigoda, bajo el caudillaje de Pelayo a quien se quiere presentar como visigodo e incluso de ascendencia real, se rehace y se pone al frente de los astures para dar comienzo a la Reconquista de los territorios arrebatados por los musulmanes. Esta interpretaci贸n 鈥攓ue ha tenido una indudable eficiencia causal hist贸rica como marco conceptual desde el que se dibujan los planes y programas pol铆ticos del Reino de Oviedo, canalizando su energ铆a social y coadyuvando a la liquidaci贸n de las formas socio-econ贸micas de astures y cantabros que hubieron de propiciar los monarcas鈥 ha tenido vigencia durante siglos, hasta el siglo XX, reflej谩ndose todav铆a en la placa que se coloc贸 en el monte Auseva tras unas obras de acondicionamiento durante el reinado de Alfonso XIII: 芦En este lugar renaci贸 la Espa帽a de Cristo tras la victoria de Pelayo sobre los enemigos de la Cruz禄.

Sin embargo los testimonios escritos y las escasas fuentes arqueol贸gicas de los siglos VI y VII juegan a favor de la tesis de un fracaso en los intentos de dominaci贸n visigoda, particularmente conforme avanzamos en el territorio oriental de Asturias, zona que experiment贸 una romanizaci贸n muy tenue, perviviendo estructuras sociales y religiosas prerromanas, y precisamente la zona en que localizan los primeros episodios de formaci贸n de lo que se convertir谩 en el Reino de Oviedo. En efecto, los astures orientales al igual que cantabros y vascos parecen haber mantenido una independencia relativa con respecto al poder visigodo, con varias rebeliones significativas, de tal forma que la aparici贸n en Covadonga, lugar que al parecer no lleg贸 a ser controlado por los visigodos, de un n煤cleo de resistencia frente al Islam muy dif铆cilmente podr铆a encuadrarse en las pretensiones de recuperar un territorio perdido. El choque a los pies del Auseva y la construcci贸n de la nueva entidad pol铆tica posiblemente fuera en su g茅nesis un movimiento de resistencia de tribus gentilicias frente a un poder invasor an谩logo al que se desarroll贸 anteriormente contra los romanos y visigodos.

La visi贸n cl谩sica de la Batalla de Covadonga ser谩 el producto ideol贸gico de 茅pocas posteriores, 茅pocas en que la confluencia de aquellas gentilidades con elementos hispanorromanos y visigodos ante la presi贸n musulmana pudo neutralizar sus trayectorias divergentes, transform谩ndose el peque帽o n煤cleo de resistencia, ya con Alfonso I, en un estado imperial que reacciona ante las acometidas de los sarracenos desarrollando una l铆nea de recubrimiento del Islam que lo nuclea y que ser谩 sostenida por los reinos sucesores. Tal comportamiento expansivo evidencia la paulatina consolidaci贸n de las estructuras pol铆ticas y administrativas del reino y va parejo al desarrollo de formas socio-econ贸micas feudales impulsado por los reyes de Oviedo. Conviene citar aqu铆 dos alternativas explicativas de la aparici贸n del feudalismo en Espa帽a, la continuista que lo interpreta como el resultado de la transformaci贸n evolutiva del protofeudalismo visigodo y de las estructuras ind铆genas subsistentes en Vasconia, Cantabria y el oriente de Asturias, y la rupturista que cuestiona el car谩cter feudal de los marcos sociales visigodos y la pervivencia de estructuras gentilicias ind铆genas en el norte de la pen铆nsula, entendiendo que es precisamente la disoluci贸n de 茅stas en pos de situaciones de campesinado libre, distribuido en aldeas o comunidades mon谩sticas en r茅gimen de propiedad individual de la tierra (cuya existencia quedar铆a probada por la documentaci贸n de la 茅poca, en la que figuran como firmantes de compras y transacciones), ajeno por tanto a los lazos se帽oriales, lo que explicar铆a el comportamiento expansivo del norte peninsular al darse el salto desde una agricultura de tala y quema a una agricultura de arado que posibilita el crecimiento demogr谩fico por sus mayores rendimientos. En uno y otro caso la construcci贸n pol铆tica del reino de Oviedo, que no puede explicarse al margen de la dial茅ctica con el poder cordob茅s, habr铆a exigido por parte de los monarcas y del grupo de poder a ellos asociado la trituraci贸n, lenta y trabajosa y no exenta de rebeliones como la acaecida durante el reinado de Aurelio, de las estructuras sociales precedentes. Ser谩 con Alfonso III, monarca que ocupa el solio ovetense desde el 866 al 910, cuando el reino, cuya definitiva cristalizaci贸n institucional se hab铆a producido con Alfonso II (estableci茅ndose intensas relaciones diplom谩ticas con Pamplona y el reino carolingio e instal谩ndose la capitalidad en Oviedo), alcance su punto culmen; es entonces, en el momento en que se hab铆a alcanzado la m谩xima expansi贸n territorial, en que el emirato cordob茅s, tras la p茅rdida de Oporto, Chaves, Coimbra, Zamora, y tras soportar aceifas cristianas m谩s all谩 del Guadiana, se ve obligado a reconocer la autoridad del monarca ovetense concertando una tregua, cuando las ideas de salvaci贸n de la iglesia y restauraci贸n g贸tica propugnadas por la clerec铆a moz谩rabe (atra铆da a la corte de Oviedo desde la 茅poca de Alfonso II) alcanzan su m谩ximo grado de implantaci贸n, plasm谩ndose en las Cr贸nicas de Alfonso III y en la versi贸n que ofrecen de la Batalla de Covadonga.


Bibliograf铆a